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CORONA DOLOROSA A MARÍA SANTÍSIMA DE LOS DOLORES

Con el rezo de la Corona Dolorosa pedimos a la Santísima Virgen de los Dolores que nos ayude a entender el mal que hemos cometido y nos lleve a un verdadero arrepentimiento. Al unir nuestros dolores a los de María, tal como Ella unió Sus dolores a los de su Hijo, participamos en la redención de nuestros pecados y los del mundo entero.

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Te adoramos y te bendecimos Señor, porque has asociado a María en la obra de la Salvación. Contemplamos tu dolor, Santa María, para seguirte en el camino de la fe.

PRIMER DOLOR

- La profecía de Simeón (Lucas 2,22-35).

Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: ”Este niño está destinado en Israel para que unos caigan y otros se levanten; será signo de contradicción para que sean descubiertos los pensamientos de todos; y a ti una espada te atravesará el corazón”.

Qué grande fue el impacto en el Corazón de María, cuando oyó las tristes palabras con las que Simeón le profetizó la amarga Pasión y muerte de su dulce Jesús. Querida Madre, obtén para mí un auténtico arrepentimiento por mis pecados.

AVE MARÍA

SEGUNDO DOLOR

- La huida a Egipto (Mateo 2, 13-15)

Tan pronto como se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. ÉL se levantó, tomó al niño y a su madre de noche, se fue a Egipto…

Huyó repentinamente, de noche, a fin de salvar a su querido Hijo de la matanza decretada por Herodes. Cuánta angustia la de María, cuántas fueron sus privaciones durante tan largo viaje. Cuántos sufrimientos experimentó Ella en la tierra del exilio. Madre Dolorosa, alcánzame la gracia de perseverar en la confianza y el abandono a Dios, aún en los momentos más difíciles de mi vida.

AVE MARÍA

TERCER DOLOR

- El Niño perdido en el templo (Lucas 2, 42-45)

Cuando tuvo 12 años, fueron a la fiesta, como era costumbre. Terminada la fiesta, emprendieron el regreso; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres se dieran cuenta. Creyendo que iba en la caravana, anduvieron una jornada, al cabo de la cual se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en busca suya.

Qué angustioso fue el dolor de María cuando se percató de que había perdido a su querido Hijo. Llena de preocupación y fatiga, regresó con José a Jerusalén. Durante tres largos días buscaron a Jesús, hasta que lo encontraron en el templo. Madre querida, cuando el pecado me lleve a perder a Jesús, ayúdame a encontrarlo de nuevo a través del Sacramento de la Reconciliación.

AVE MARÍA

CUARTO DOLOR

- El encuentro con Jesús camino del Calvario (Lucas 23, 25-27).

Dejó en libertad al que pedían (el que había sido encarcelado por una revuelta y un homicidio) y les entregó a Jesús para que hicieran con él lo que quisieran.

Cuando lo conducían, echaron mano de un tal Simón de Cirene, que venía del campo y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguía mucha gente del pueblo y mujeres, que se daban golpes de pecho y se lamentaban por él.

Esta Madre, tan dulce y amorosa, se encuentra con su Hijo en medio de quienes lo arrastran a tan cruel muerte. Consideremos el tremendo dolor que sintieron cuando sus ojos se encontraron – el dolor de la Madre bendita que intentaba dar apoyo a su Hijo. María, yo también quiero acompañar a Jesús en Su Pasión, ayúdame a reconocerlo en mis hermanos y hermanas que sufren.

AVE MARÍA

QUINTO DOLOR

- La muerte de Jesús en la Cruz (Juan 19, 25-27).

Estaban en pie junto a la cruz de Jesús su madre, María de Cleofás, hermana de su madre y María Magdalena. Jesús al ver a su madre y junto a ella al discípulo preferido, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: ”Ahí tienes a tu madre”. Desde aquel momento el discípulo se la llevó con él.

Contemplemos los dos sacrificios en el Calvario: uno, el cuerpo de Jesús; el otro, el corazón de María.

Triste es el espectáculo de la Madre del Redentor viendo a su querido Hijo cruelmente clavado en la cruz. Ella permaneció al pie de la cruz y oyó a su Hijo prometerle el cielo a un ladrón y perdonar a Sus enemigos. Sus últimas palabras dirigidas a Ella fueron: “Madre, he ahí a tu hijo”: Y a nosotros nos dijo en Juan: “Hijo, he ahí a tu Madre”. María, yo te acepto como mi Madre y quiero recordar siempre que Tú nunca le fallas a tus hijos.

AVE MARÍA

SEXTO DOLOR

- El Hijo muerto, en los brazos de la madre (Marcos 15, 42-45).

Al caer la tarde, como era la preparación de la pascua, es decir, la víspera del sábado, José de Arimatea, insigne miembro del tribunal supremo, que esperaba también el reino de Dios, se atrevió a ir a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó de que ya hubiese muerto; llamó al oficial y le preguntó si había muerto ya. Al saberlo por el oficial, concedió el cadáver a José.

Consideremos el amargo dolor que sintió el Corazón de María cuando el cuerpo de su querido Jesús fue bajado de la cruz y colocado en su regazo. Oh, Madre Dolorosa, nuestros corazones se estremecen al ver tanta aflicción. Haz que permanezcamos fieles a Jesús hasta el último instante de nuestras vidas.

AVE MARÍA

SÉPTIMO DOLOR

- La sepultura de Jesús (Juan 19, 40-42).

Se llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas, como acostumbraban los judíos a sepultar. En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie había sido sepultado. Como el sepulcro estaba cerca y tenían que preparar la fiesta del día siguiente, pusieron allí a Jesús.

Virgen Dolorosa, cuántas lágrimas derramaste y cuánto dolor y soledad al enterrar a tu Hijo. Tú le acompañaste en todos sus sufrimientos y ahora te quedaste sola, llena de aflicción. Madre, nosotros queremos acompañarte en este dolor.

AVE MARÍA

ORACIÓN FINAL

Los Dolores de Nuestra Señora, la Virgen María, han servido hoy para nuestra oración y reflexión. Que ellos nos ayuden también a encontrar el sentido de nuestro propio sufrimiento y a comprender con amor el sufrimiento de nuestro prójimo. Que como fieles discípulos de Jesús, nos afanemos en la tarea de aliviar el sufrimiento de nuestro mundo y de nuestros hermanos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.