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TRIDUO EUCARISTICO

 

Durante los días 9, 10 y 11 de noviembre de 2009,  se celebró un Triduo Eucarístico para mayor Gloria y Honor del Santísimo.

 

   

 

El día 9 de noviembre de 2009 a las 20,00 horas, en la Iglesia de San José y Camarín de Jesús se celebró el primer día del Triduo Eucarístico , en este día  la celebración fue presidida  por el M. I. S. D. Don José Antonio Maroto Expósito, Vicario General.

 

A continuación reproducimos la homilía de D. José Antonio Maroto.

 

Leíamos las lecturas que nos propone la Liturgia en la celebración del aniversario de la dedicación de la Basílica de Letrán.

La llamada  Madre y cabeza de todas las iglesias de la ciudad y del mundo, en la que se han celebrado cinco grandes concilios ecuménicos a lo largo de la historia, fue dedicada el día 9 de noviembre del año 324. Desde entonces, hasta el destierro de los Papas en Avignon (1305), fue la residencia del Papa. El Vaticano, como sabemos, es la residencia del Pontífice desde el fin del cisma de Avignon (1377). La Basílica de Letrán sigue siendo la catedral del Papa, el obispo de Roma. De ahí la importancia de la memoria de este templo, signo de unidad para toda la cristiandad. 

 

La celebración de esta fiesta, ahora que nos reunimos en este templo recientemente inaugurado y antes de que comience su andadura ordinaria, nos facilita una oportuna reflexión. La liturgia de la Palabra nos ayuda a valorar en su justa medida el templo, este templo, y a organizar nuestro culto verdadero, nuestro ir y venir dentro de él.

 

Escuchábamos, en primer lugar al profeta Ezequiel, el profeta del Destierro. Con la capacidad para interpretar lo signos de los tiempos que, como profeta ha recibido de Dios, Ezequiel percibe la vuelta a la tierra y la seguridad de la reconstrucción del templo, cuyo culto ya describe.

 

Hagamos el esfuerzo de situarnos en la escena, en un país desértico, imagen del estado interior del pueblo. El templo mana agua que irá dando vida, que hará brotar árboles y arbustos en el desierto, que dará fruto abundante cada mes y que llegado al mar Muerto lo saneará, dice el profeta. Cualquiera que conozca la geografía de la tierra santa, sabrá que está hablando del Torrente Cedrón, totalmente seco siempre, que desemboca el Mar Muerto después de atravesar el desierto de Judea. El profeta habla de un torrente de Vida, que brota del templo.  

 

Es la presencia de Dios en el templo lo que se canta (Ez 43,4-7), la apertura del hombre al Dios de la Vida, que le sana por dentro.

 

Es la comunión, que en ese templo se establece con Dios, la que hace al hombre contagiarse de Dios, llenarse de su Palabra, sintonizar con su voluntad.

 

Es la adoración a Dios, que impide cualquier manipulación y cualquier engaño a los que tan dados somos los humanos. Dios adorado en espíritu y verdad (Jn 4,23), hace al hombre totalmente libre (Jn 8,31-32.36), totalmente humano, totalmente hermano.

 

Así comprendemos lo que se decía en el Evangelio. Jesús no reacciona contra el templo material, -por otra parte necesario en ese tiempo-, sino contra aquellos que hacen mal uso de él al tomarlo como talismán, como un absoluto (Jer 7,4). Cuando las piedras y las actividades humanas que en ellas se realizan son el escondrijo de auténticas perversiones religiosas (Os 8,11-13), cuando esconden y tapan la voz limpia de Dios (Jer 7,13), el rostro auténtico del Padre, la misericordia de Dios hacia todos. Cuando el culto que en él se realiza no compromete la vida para vivir como hermanos, practicar la justicia y construir el Reino (Am 5,21-24). Todo esto ha conseguido que el templo material no cumpla la misión para la que fue instituido.

 

 Decía San Juan: Destruid este templo y yo lo reedificaré en tres días. Pero él hablaba de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, se acordaron los discípulos (Jn 4,19.21-22).

 

Efectivamente, el cuerpo crucificado y traspasado de Cristo, del que dice el Evangelio de San Juan que al punto salió sangre y agua (Jn 19,34) (los sacramentos de la Iglesia), es el verdadero lugar de encuentro de Dios con el hombre. Allí el hombre entra en relación con el Dios terrible, en cuanto que ama con un amor tan fuerte como se percibe en la locura de la Cruz.  Allí el hombre obtiene el perdón de sus pecados, que le hace desear a Dios y allí se acerca a Dios mismo, que le busca para dialogar con él, elevarlo a la dignidad de hijo y colmarlo de dones con los que pueda entregarse a sí mismo para hacer un mundo de hermanos. Como dice la Gaudium et Spes 24: El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ama por sí misma, encontrará su propia plenitud en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Allí el hombre se encuentra con un Dios, que envía a todas las horas del día a trabajar en su viña (Mt 20,1-7), a construir un mundo nuevo.

 

Con razón dice Pablo que cada uno de nosotros, y la comunidad entera, somos el auténtico templo de Dios, cuando nos habita el Espíritu Santo (1 Cor 3,16), cuando estamos cimentados sobre la roca que es Cristo, cuando por la unión con él, formamos un solo templo de piedras vivas.

 

Conozco y valoro la decisión de la Junta de Gobierno de la Cofradía de Ntro. Padre Jesús y María Santísima de los Dolores de dedicar estos tres días al Santísimo Sacramento, antes del traslado de la venerada imagen de Ntro. Padre Jesús. Comenzar con la Eucaristía y con la adoración al Señor. Una forma práctica y pedagógica para enseñarnos qué debemos buscar aquí, de acuerdo con lo que venimos diciendo.

 

Porque venimos y vendremos, -debemos venir-, a buscar al Dios del Amor, al Amor de los Amores, al mismo Señor hecho pan, hecho alimento para el camino.

 

Vendremos a celebrar la Eucaristía en la que se cimienta la Iglesia y donde encuentra la fuerza para el testimonio. A escuchar la Palabra y partir el pan, que ha sido la práctica de la Iglesia desde siempre (Hech 2,42). La continuación de las comidas con Jesús y la conmemoración de la última y definitiva del Cenáculo.

 

Vendremos a celebrar el Día del Señor, que es al mismo tiempo el día de la Resurrección, el día de la Iglesia, el día del hombre, el Día de los días, como nos dejó escrito Juan Pablo II en la exhortación Dies Dómini. Se trata de un día semanal revolucionario, de una total renovación en todos los aspectos. El hombre que vive realmente la Eucaristía cada Día del Señor, comienza a ser un hombre nuevo. Esa misma renovación que anunciaban Ezequiel en su visión del templo y el evangelista san Juan en el relato de hoy.

 

Aquí estará siempre el Señor en el Sagrario esperando el diálogo reposado tras la cena, tras el compromiso. Ayer lo recordaba nuestro Obispo, cuando decía que se dedicaba este santuario o camarín de Jesús, para que atraídos por su devoción, experimentemos en la celebración y en la adoración de la Eucaristía, el inmenso amor por todos que entraña su entrega (Celebración de la Dedicación del Camarín).

 

Después, cuando el próximo día 27 se lleve a cabo el traslado, la imagen de Nuestro Padre Jesús, será el icono, lo visual. Lo visible que lleva al Señor del Evangelio, al Jesús que se abrazó a la Cruz que soportaba el peso de todos, al Cristo que, aún siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen (Heb 5,8-9).

 

Y la imagen de María Santísima de los Dolores, recordará y nos pondrá en contacto con la Madre que acoge en su Hijo a todos los hombres, incluso a aquellos que condenan a Jesús. Su rostro amoroso nos invitará a seguir a Jesús y a tener sus mismos sentimientos (Filp 2,5).

 

Ojalá, pues, que sepamos buscar, descubrir y acoger aquí:

- La fuente de la Vida que es Dios mismo.

- A Jesús Sacramentado, que es la prueba del Amor de Dios al mundo, el gran regalo de Dios a los hombres peregrinos.

- El verdadero rostro del hombre, templo del Espíritu y verdadera imagen divina.

- El valor de la Comunidad, lugar de la presencia de Dios, según las palabras de Cristo: "donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20).

- Y ojalá la imagen bendita del titular que se venerará en esta iglesia sea para todos nosotros nuestra bandera, nuestra enseña, la expresión de lo que vivimos y somos, el mejor estímulo para consagrarnos a Dios y consagrar a Dios el mundo en el que vivimos. 

 

 

El día 10 de noviembre de 2009 a las 20,00 horas en la Iglesia de San José y Camarín de Jesús se celebró el segundo día del Triduo Eucarístico , en este la Eucaristía fue  presidida por Iltmo. y Rvdmo. Sr. Don Francisco Juan Martínez Rojas, Deán-presidente  del Excmo. Cabildo de  la Santa Iglesia Catedral de Jaén.

 

A continuación reproducimos la homilía de D. Francisco Juan Martínez.

 

Rvdo. Sr. Capellán y estimado hermano capitular D. Antonio

Querido Hermano Mayor de la Antigua, Insigne y Real Cofradía de Ntro. P. Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores.

Estimada Junta Directiva, devotos, hermanas y hermanos.

 

         El p. Francisco de Santa María, describiendo la fundación del convento de carmelitas descalzos de Jaén, en su obra “Reforma de los Descalzos de Ntra Sra. del Carmen”, escribía a mediados del s. XVII: “Muy contento quedó el Sr. Obispo (D. Francisco Sarmiento de Mendoza) con esta institución, y habiendo dispuesto los religiosos que allí se hallaron la casa lo mejor que fue posible, se tomó la posesión a 5 de junio de 1588. Dijo la misa el Señor Obispo habiendo traído el Santísimo Sacramento de la iglesia mayor con solemnidad”.

 Con la bendición, anteayer, de esta antigua iglesia conventual de San José, no ha hecho falta que se traiga el Santísimo de la Catedral, de la iglesia mayor, como ocurrió en la fundación de este convento, pero es un recuerdo histórico que me permite establecer un paralelismo. De la iglesia mayor, de la catedral, se trajo el Santísimo en 1588. De la iglesia mayor de nuestra diócesis, es decir, de la catedral, se traerá la venerada imagen de Ntro. P. Jesús, el próximo 27 de noviembre. Y a ese Jesús, cuya humanidad y divinidad completas defendió con su palabra y su pluma el santo que hoy recuerda la Iglesia, San León Magno, ese Jesús que contemplamos en la venerada imagen del Nazareno, lo adoramos en la Eucaristía. Por eso es acertado celebrar este triduo eucarístico, para resaltar lo que es importante y definitivo en nuestra fe: reconocer a Cristo muerto y resucitado, presente en la Eucaristía, que es el alimento de nuestra vida cristiana.

         Ese Cristo, que contemplamos cargado con la cruz en la devota imagen de Ntro. P. Jesús, con la procesión del próximo 27 de noviembre recordará a la ciudad de Jaén, nos recordará a todos, una vez más, el misterio del Hijo de Dios que se entrega por amor. El autor del libro de la Sabiduría nos describía anticipadamente, de manera magistral, en la lectura que acabamos de escuchar el misterio de la pasión del Señor. La vida de Jesús, el justo por excelencia, estuvo siempre en manos de Dios, y a pesar de ser entregado al tormento más cruel de su tiempo, Dios lo probó y lo encontró digno de sí. Por eso, como afirma el autor de la carta a los Hebreos, se ha convertido en autor de salvación eterna para cuantos creen en Él.

         Nosotros somos cristianos, creemos en Jesús. Somos discípulos suyos, e intentamos seguirlo en la vida de cada día. Por eso, tenemos que hacer nuestra la recomendación de San Pablo a los Filipenses: Tened entre vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. En efecto, Jesús no es sólo el justo por excelencia. También es el siervo, que se ha rebajado hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso, es providencial que en el inicio de esta nueva etapa de la cofradía, hayamos escuchado la página evangélica que nos propone hoy la liturgia. Ante los derechos que humanamente podemos pretender tener por lo que hacemos, Jesús nos invita a crecer en gratuidad. Siervos inútiles somos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.  Ésa es la lección esencial que Jesús nos recuerda esta tarde: los hombres no tienen ningún derecho a hacer valer ante Dios. Se sabe que los fariseos ¡habían acabado por persuadirse que a fuerza de buenas obras, adquirían unos derechos sobre Dios, por sus propios méritos! Ante esa actitud, Jesús pone en guardia: no os gloriéis de vuestras obras ante Dios... Cuando habéis hecho lo que Dios manda, decíos, ¡que sólo habéis hecho lo que debíais!

         ¡Qué bien han entendido esto los santos! Una santa carmelita descalza, Santa Teresa de Lisieux había comprendido muy bien esa lección capital cuando decía que se presentaría ante Dios con «las manos vacías». Lo bueno que hiciera en su vida se lo debía a la gracia de Dios. Recordemos, pues, que nadie termina nunca su «servicio», que nunca se ha hecho lo suficiente, y aprendamos a obrar ante Dios gratuitamente: sin esperar recompensa.

         Crecer en gratuidad: ¡qué difícil y qué fácil a la vez! Qué difícil, si nos apoyamos en nuestras fuerzas. Qué fácil, si es Dios quien mueve nuestra vida. Y para ello, nada mejor que la Eucaristía. En el salmo hemos repetido: Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él. Que en la Eucaristía degustemos la única fuerza que nos sostiene en nuestro caminar, y así descubramos que, si el Santísimo vino a este templo en 1588 desde la Catedral, si en 2009 volverá aquí la imagen de Jesús, no es para que el Señor quede encerrado en estas paredes, sino para que nosotros, con nuestro compromiso, con nuestro testimonio, como fruto de nuestra vida eucarística, lo hagamos presente a él, Justo y Siervo, en los ambientes en que nos movemos.

 

 

 

 

 

 

 

El día 12 de noviembre de 2009 a las 20,00 horas, en la Iglesia de San José y Camarín de Jesús se celebró el primer día del Triduo Eucarístico , en este día  la celebración fue presidida por el Ilmo. y Rvdmo. Sr. D. Don Rafael Higueras Alamo. Prelado de Honor de su Santidad.

 

A continuación reproducimos la homilía de  D. Rafael Higueras.

 

“El templo de Dios es santo. Vosotros sois el templo de Dios”.

Celebrábamos  anteayer la fiesta de la dedicación de la Basílica de S. Juan de Letrán. Es la primera iglesia de la Urbe y del Orbe. En los siglos primeros del cristianismo, los cristianos se reunían en las catacumbas. Eran los tiempos de las persecuciones. Sin embargo, cuando acaban las persecuciones y se da libertad a la Iglesia, Constantino regala su palacio que se convierte entonces en el primer templo cristiano.

 

Y al construir los cristianos sus primeros templos, pusieron delante de ellos un espacio, que sirviera para crear un silencio. Abandonando las tareas, las preocupaciones, dejando todo fuera, para así acercarse a Dios.

 

Al ver construir este templo en el que ahora estamos, yo pensaba en esta similitud que acabo de indicar. Efectivamente cuando nos llegamos al templo, tenemos que dejar fuera “todo”, para acercarnos a Dios. Incluso nuestros pecados, nuestras limitaciones y tropiezos. Hacer silencio para escuchar dentro a Dios que nos habla.

 

Pero esto puede llevarnos a la tentación de encerrarnos y olvidar que luego al final, se nos vuelve a “enviar”: se nos dice que vayamos en paz, que es tanto como decirnos que volvamos a reconstruir el mundo, según lo que Jesús nos dice en su Evangelio.

 

La lectura de S. Lucas que acabamos de oír nos ayuda a entender esto. Fueron diez leprosos hasta el Señor. Y desde lejos le gritaron. “Ten compasión de nosotros”.

 

Nosotros somos como aquellos leprosos. Muchas veces nos quejamos de este mundo nuestro: lo mal que está. Y se nos puede ocurrir volver las espaldas  y querer refugiarnos sin pensar que “todo el mal puede tener remedio”. No hay peor cosa que creer con pesimismo que algo no pueda ser reconducido al camino recto.

 

Es necesario acudir a nuestro propio interior para ver que esa queja que podemos hacer del mal en los demás o en el mundo, es el mismo mal que está dentro de nosotros. Y entonces imitar a los leprosos. Sentir la necesidad de curación. Una curación que nos viene de Jesús. Él sigue hoy acercándose a nosotros. Pasó por el mundo haciendo el bien.

 

Quiero evocar la procesión de Jesús Nazareno por las calles de Jaén. Él sigue estando cerca de nuestras vidas. Él nos da su mano para convertirse en Cirineo nuestro cada vez que nosotros queremos ser cirineos suyos en los demás. Es posible que al darnos su mano, se nos llene de su sangre y de su dolor. Pero Él nos extiende su otra mano para darnos fuerza y ayuda. No nos pone sobre los hombros una cruz de más peso que las fuerzas que Él mismo nos da para llevarla.

 

En verdad que somos como aquellos leprosos. Nos tenemos que acercar a Él gritando: Ten piedad de mí. Pero también hemos de ver en Él la ayuda, el cariño, el amor misericordioso que entonces tuvo con ellos.

 

Decía al principio que “el templo de Dios es santo. Vosotros sois el templo de Dios”. En esa salida de Jesús a nuestras calles, parece como si el templo ya no fuera un lugar en que recogernos, sino que el mismo Cristo convierte en templo todo lugar por donde Él va pisando. Es que en realidad el único templo, el único lugar donde Dios y el hombre se han encontrado plenamente es en Jesucristo. Si eso es así, entonces, nosotros venimos al templo, para volcar en Dios nuestra vida, pero para salir después a las calles, como templos vivos que somos, para trasformar nuestro mundo viviendo según  Jesús vivió.

 

Pero hemos de seguir contemplando la escena del evangelio. Sólo uno de los curados volvió a dar gracias. Cada uno de nosotros conoce su propia historia. Dios derrama sobre nosotros sus dones. Cada día nos da el sol, y el aire,  y la abundancia de sus dones. Es bueno acercarse a Dios para exponerle nuestras necesidades. Pero es también necesario traer a Él nuestro agradecimiento por tanto como cada día nos da.

 

Que hoy, ahora, nos sirva este momento aquí, para dar gracias a Dios por habernos dado este lugar donde encontrarnos con Dios, escuchar su palabra; y sentirnos después llamados a salir a nuestros trabajos, a nuestras tareas, con el deseo de transformar el mundo según los deseos de Jesús.