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Triduo 2010 a María Santísima de los Dolores
PRIMER DIA DEL TRIDUO
Queridos cofrades y hermanos todos en el Señor y en su Santísima Madre: Quiero comenzar mis palabras con sincera humildad agradeciendo a la Junta Directiva la deferencia de invitarme a ocupar la sagrada cátedra durante estos tres días. Mucho interés han puesto en ello y no por la categoría del predicador –que poca tiene y os lo digo yo que soy quien mejor lo conoce– sino por vuestro afecto y buen hacer. Yo, desde mi juventud, sólo pido a Dios no defraudaros en exceso. Voy a iniciar este primer día de Triduo en honor de María Santísima de los Dolores de un modo singular y que a alguien le pueda parecer ciertamente extraño. Y es que quiero invitándoos a recordar el pasado 11 de julio cuando la Selección de España ganaba el Mundial de Fútbol. Una euforia invadía las calles de nuestro país y recibimos así entre gritos y alabanzas a los héroes de este acontecimiento: los jugadores de nuestra selección. ¿Qué tienen que ver estas escenas con el Triduo que nosotros hoy iniciamos? Pues estoy convencido de que hay una original relación. Hoy nosotros contemplamos los Dolores de Nuestra Madre la Santísima Virgen María. Hay muchos modos de contemplar el dolor y el sufrimiento humano. Nosotros hoy lo exaltamos y colocamos en altar de cultos el hermoso rostro sufrimiento y las lágrimas de esta maravillosa talla de José Medina, porque sabemos que la angustia y el dolor de la Santísima Virgen, su llanto doloroso y su corazón traspasado, son los de una mujer triunfadora. Nuestra Madre la Virgen vivió su vida desde una fe mucho mayor que la del centurión del evangelio que hemos escuchado. Desde esa fe, supo ser fiel a Dios en todos los momentos de la vida y Dios quiso concluida su existencia en la Tierra elevarla en cuerpo y alma a la gloria y sentarla como Reina y Señora de todo lo creado. He aquí su trofeo: el mayor que puede conseguirse en esta vida. El único que es para siempre. Todo lo demás merece poco o nada la pena. Y la victoria de Nuestra Madre la Virgen tiene mucho que ver para nosotros. Ella comparte su premio con los cofrades y devotos de todos los tiempos. Ella nos grita desde el cielo que también nosotros en la carrera de la vida podemos conseguir la medalla de gloria que no se marchita. Porque Ella cuida de nosotros y nos favorece desde el cielo con su maternal y solícita protección; porque Ella y, sobre todo Dios, están con nosotros, y entonces ¿quién o qué podrá contra nosotros, contra los que estamos aquí? Por todo cuanto hemos dicho, renovemos en nuestros corazones el deseo de que este Triduo nos sirva para fortalecer nuestro espíritu y nuestra fe y ganar agilidad para la carrera de nuestra vida interior. Felicitemos, hermanos, los Dolores de nuestra Señora, campeona de la fe. Era el apóstol San Pablo en la primera lectura el que nos hablaba de nuestra vida de fe como una carrera. Quiero aprovechar esta imagen y el acontecimiento de los pasados Mundiales porque creo que el fútbol es un gran deporte y de él se pueden aprender muchas cosas para nuestra vida espiritual. Así lo explicaba nuestro actual pontífice el papa Benedicto XVI siendo cardenal, en el año 1985. Hay tres aspectos que destacan en el deporte rey: - Uno: el fútbol enseña a jugar de acuerdo a unas reglas y normas. Y pudimos comprobar en la final de mundial como un juego limpio y serio conduce al éxito frente a quienes decidir actuar de un mal modo. - Dos: El fútbol obliga al hombre ante todo a disciplinarse, de modo que, por el entrenamiento se adquiere la victoria. La victoria de nuestra selección, como cualquier victoria deportiva, no fue fruto del azar, sino del esfuerzo y del trabajo. - Tres: También nos enseña el fútbol la importancia de la cooperación, del trabajo en equipo: el fútbol une a través del objetivo común; el éxito y el fracaso de cada uno están cifrados en el éxito y el fracaso del conjunto. Estas tres actitudes son fundamentales no sólo para el fútbol, sino también para nuestra vida de creyentes. Así nos lo enseña Nuestra Madre, la Santísima Virgen, en su propia vida. - Nadie puede querer ganar el premio de la gloria si no es de acuerdo a unas reglas y normas. Es el camino de los mandamientos que comienza con el “Recuerda que es el Señor es tu Dios. Amalo de todo corazón y guarda su preceptos”. Cuando a María, se le aparece el ángel para pedirle que sea Madre de Dios, María pertenecía al grupo de los pobres de Yahvé –los anawin– que en mitad de los complicados acontecimiento de la historia del pueblo de Israel habían permanecido fieles a la alianza del Sinaí. - Como el fútbol, nuestra vida de fe es también un trabajo en equipo. Tenemos una Madre, la Santísima Virgen y tenemos una familia: la Iglesia que formamos todos los bautizados. Como hermanos, nos necesitamos unos a otros. María, la Madre de todos los hombres, nos lo recuerda. En nuestro comportamiento frente al hermano, se manifiesta si de verdad tenemos fe o no. Nadie puede salvarse solo - Y, ¿qué decir de la importancia del entrenamiento para nuestra vida espiritual? Ya no los decía el Apóstol en la primera lectura. A menudo, hay quienes creen que la fe puede ser algo sólo de ratos, de los ratos que nos apetecen o sobran. Pero si queremos alcanzar el premio que consiguió Nuestra Señora la Virgen María necesitaremos entrenamiento y disciplina. Hay un último aspecto del mundo del fútbol que me parece interesante. Todo buen juego puede pervertirse por un espíritu comercial que somete todo al dinero, y el juego deja de ser tal para convertirse en una industria de hacer riquezas. También nuestra fe puede verse embaucada en las redes del dinero, el consumismo y el poder. María nos enseña el valor de la sencillez y la pobreza. Ella vivió sin grandes riquezas. Recordáis que cuando presentó al Señor en el Templo de Jerusalén su ofrenda fue la de dos tórtolas o pichones, la ofrenda de los pobres. Nuestra Señora la Virgen nos recuerda aquello que un día dijera San Juan de la Cruz –estamos en lo que fue un convento carmelita, ¿verdad?– que cuando Dios encuentra un alma vacía y pobre se precipita a llenarla con su gracia. Existe, por tanto, un original paralelismo entre nuestra vida de fe y el fútbol. A mi me gustaría esta tarde a la Santísima Virgen que la ilusión y el entusiasmo de los pasados días, con ocasión de la victoria en el mundial de fútbol, la pongamos todos, y muy especialmente los jóvenes, en ganar esos otros mundiales en los que tanto necesitamos vencer: el mundial de la unidad frente a la división, el perdón frente al rencor, el mundial de la responsabilidad y la coherencia, el mundial de la vida frente a la cultura de la muerte. Con el salmista nosotros decimos hoy “¡Qué deseable es tu morada, Señor, qué deseable vivir contigo!”. Hermanos, tenemos que luchar por lo que de verdad merece la pena: nuestra fe. No nos importe que ello conlleve en nuestra vida sufrimiento y dolor. Miremos a María Santísima de los Dolores, nuestra Madre. Miradla. Aprendamos de ella que lo que de verdad merece la pena a veces hace sufrir y llorar. Alineémonos en la misma selección de nuestra Madre la Virgen y dejemos que, como para Ella, Dios sea nuestro entrenador, nuestro guía y nuestra meta. Que así sea. MEDITACIÓN PARA EL EJERCICIO DE TRIDUO - DÍA PRIMERO El triunfo y la gloria de María pasa por el duro entrenamiento del dolor, hemos visto hoy. “Una espada te atravesará el corazón…” le dijo a María el anciano Simeón. María era una joven creyente y lo aquel anciano sacerdote le dijo no hacía sino confirmar lo que ella ya sabía por las profecías de Isaías sobre el siervo de Yahvé (Is 53, 1-5. 7-10). María llevó siempre clavadas en su corazón aquellas profecías: llevó clavado el recuerdo de que unos clavos atravesarían aquellas manos que pasaban haciendo el bien, el recuerdo de que ese rostro hermosísimo que ella besaba con ternura un día sería abofeteado y escupido, llevó clavado el que recuerdo de que esos pies serían un día taladrados con terribles hierros… Es, por eso, que aún en medio de la paz y los gozos de Nazaret, María vive envuelta e inundada en la triste y dolorosa nostalgia de que a aquel que es su hijo y su Dios le espera al final un patíbulo y una cruz donde consumaría la muerte más injusta y violenta. Mira al Señor aquí expuesto en la custodia. Mira su presencia en el Sacramento del Altar. En nuestra vida están presentes siempre la cruz y el dolor. Pídele al Señor sufrir como María tus padecimientos, con fe y esperanza para alcanzar un día como ella el premio de la gloria.
SEGUNDO DIA DEL TRIDUO
Amadísimos hermanos: La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz se remonta a la primera mitad del s. IV. Según la "Crónica de Alejandría", Santa Elena descubrió la cruz del Señor, que había permanecido enterrada hasta entonces, el 14 de septiembre del año 320. Este es el origen de una fiesta en la que la Iglesia aprovecha para invitarnos a mirar a la cruz del Señor, esa cruz que nuestra Antigua, Insigne y Real Cofradía saca cada Viernes Santo sobre los hombros de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Hoy queremos mirar con María Santísima de los Dolores a la Cruz de Cristo. Nadie mejor que ella, que estuvo firme junto a su Hijo crucificado, nos puede enseñar a ver con ojos nuevos a la cruz. Queremos mirarla con todo su realismo, como nuestra Madre amantísima la vivió. Porque estamos demasiado acostumbrados a su figura –las hacemos de oro y plata e incluso la llevamos colgada del cuello como joya– y tenemos la tentación de olvidar que, en su origen, la cruz es un horrible instrumento de tortura y muerte (como la guillotina o la silla eléctrica lo serían después) que se reservaba para esclavos o rebeldes como castigo ejemplar. Pero, la fiesta de la exaltación de la cruz no significa que el cristianismo sea una exaltación del sufrimiento, del dolor o del sacrificio por el sacrificio. Si así fuera, el Dios que pide esto de nosotros sería un Dios sádico que no merecería nuestro amor. María no veía junto a la cruz un simple cruel instrumento de tortura. La serena mirada de tristeza que la Virgen María tuvo junto a la cruz, y que tan maravillosamente supo representar José de Medina en nuestra imagen, va mucho más allá. Esa mirada de la Virgen Santísima de los Dolores nos recuerda que en esta vida hay cosas que parecen ser unas y son otras. Algunas veces hay piezas de cobre, o de un metal vulgar, a las que se les echa un baño de oro. Quedan muy bonitas, pero después de un tiempo pierden la pátina y muestran el cobre. Y así son muchas de las cosas de este mundo. Nos encontramos con que lo que parecía prometedor y bello, después decepciona. Y hay veces que la vida entera parece decepcionar: "¡Yo esperaba más de la vida!", decimos. Esa sensación de frustración se da también con las personas. Por ejemplo, con los amigos: "Yo tenía mis amigos, y me han decepcionado: mostraron el cobre". Ese sabor de cierta desilusión lo conoce la Sagrada Escritura dice el libro del Eclesiastés: "¡Al fin y al cabo qué! ¡Vanidad de vanidades! ¡Todo vanidad! ¡Todo vacío!" (Ecl 1,2) Son muchas las decepciones y un sacerdote, aunque sea joven como yo, se encuentra con muchas personas que han sido decepcionadas: "¡Me decepcionó la vida, me decepcionaron las personas!" "¡Yo esperaba más de mis hijos, y mire con lo que me salieron! ¡Cómo es posible que con lo que yo he hecho por ellos y ahora ni se acuerden de visitarme!" "¡Yo trabajaba y entregué mi vida a esa empresa, y mire, me echaron como a un perro!" Son muchísimos los ejemplos, y no sigo con más no nos vaya a entrar cierta tristeza. Y como las cosas de este mundo, por fuera parecen tan alegres, pero traen tristeza por dentro; entonces Dios inventó un ejemplo contrario: algo que parece muy triste por fuera, pero que trae mucho gozo, mucha dulzura, mucho amor por dentro. Y eso es lo que encontramos en la Cruz de Cristo: por fuera no parece sino amargura, tristeza, es algo que causa repulsión. "¡Lo vimos tan desfigurado!", dice proféticamente Isaías, "¡lo vimos tan desfigurado; ni siquiera parecía humano!" (Is 52,14). ¡Es tan desagradable la Cruz de Cristo! Pero por dentro, la Cruz de Cristo está colmada de dulzura, está llena de amor, está llena de belleza. Y lo cierto es que en ese amor, en esa dulzura, nosotros podemos entender la fiesta de hoy. Dice el Señor por el profeta Ezequiel: "Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, así seguiré yo el rastro de mis ovejas" (Ez 34,11-12). Este pensamiento, de pronto, puede alcanzar a conmoverlo a uno. ¡Claro!, Cristo no está así, tan rasguñado, por gusto; tampoco es un accidente. Está herido, porque, allí donde su oveja se le había perdido, había matorrales de espinas, y buscando su oveja, se hirió. En la televisión algunas veces se encuentra uno programas especiales de gente que ha hecho actos heroicos. Por ejemplo, personas que han entrado a un edificio en llamas por salvar a una pequeña niña que no tenía manera de salir del edificio. Y algunas de esas personas han quedado quemadas y les han quedado huellas del fuego por su acto heroico. Desde luego que es muy hermoso decir: "Entré a salvar una persona". Pero eso les costó a algunas de esas personas quemaduras de segundo grado, de tercer grado. Tuvieron que estar en un hospital, y les quedaron cicatrices, cicatrices que hablan de su acto heroico. Y yo me pregunto, cuando una niña que ha sido salvada contemple el rostro desfigurado de su héroe, ¿qué vera en él? ¿acaso sentirá asco y repugnancia? No, en cada cicatriz ella verá amor y más amor de quien no dudó en arriesgarlo todo, hasta su propia vida, por ella. Hermanos míos, ver llagas, ver sangre es repulsivo. Pero cuando pienso en la cruz de Cristo, cuando pienso en su cuerpo herido y crucificado “despojado de la gloria” –como nos ha recordado San Pablo– por venir al mundo a buscarme a mí, entonces, más bien, ¡me inspiran un cariño, me inspiran una gratitud, me inspiran un amor tan grande! Descubro que, detrás del aspecto horrendo de la cruz, hay un aspecto bellísimo de amor: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Único” a una muerte “y muerte de cruz”. “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). ¡Qué hermoso ese Amor! ¡Un Amor así es lo que yo necesito, un Amor así es lo que necesitan los corazones más abandonados, los corazones más tristes, los corazones más heridos, las personas que más sufren! En Dios las cosas no son como en el mundo y donde pensábamos que sólo había tristeza hay en realidad alegría. Esto es lo que refleja la mirada de María junto a la cruz. Miradla. Ella, desde su sereno dolor, nos invita a descubrir el amor de Dios en la cruz. Ella nos repite con el salmista: “No olvidéis las acciones del Señor”. Nosotros, como nos dijo San Juan, amemos al Dios que así nos ama, pero no de palabra sino con obras. A Nuestra Señora, entregada como Madre nuestra al pie de la cruz del Calvario, le decimos hoy con un antiguo himno de la Iglesia: monstra te esse matrem!, muestra que eres Madre y, que por ti nos atienda el que tomó sangre de tus venas para redimirnos (Himno Ave Maris Stella). MEDITACIÓN PARA EL EJERCICIO DE TRIDUO - DÍA SEGUNDO Con toda la Iglesia, hemos contemplado hoy la Cruz de Cristo. Pero piensa que la cruz fue la consecuencia del rechazo del mensaje de Cristo a lo largo de toda su vida pública. Israel es pequeño y las noticias llegan pronto. Hasta María llegaba la mala prensa acerca de Jesús. A María le dolería la imagen que muchos tenían de su hijo como un embaucador, un endemoniado, un impuro que come con los pecadores y prostitutas. Todas esas noticias fueron una espada de dolor continua. Pero Ella sigue creyendo –ciega y fielmente– en su Hijo y en el Reino que Él predica. Y lo meditaba todo en su corazón. Y sufría vivamente el rechazo de su Hijo Y hacía larga oración para que creyeran a su Hijo. Mira a Jesús Sacramentado. Graba en ti la fuerza del Cuerpo del Señor, que tus ojos están contemplando. Y aprende como nuestra Madre Santísima de los Dolores a sufrir y dolerte de que Cristo no sea aceptado, y al contrario sea perseguido. Como María, dile a Jesús en el silencio que estás dispuesto a defenderlo y a sufrir por Él y su Reino.
TERCER DIA DEL TRIDUO
Queridos hermanos todos en el Señor: No es casual que a la fiesta de la Exaltación de la Cruz que celebrábamos ayer le siga la que celebramos hoy: Nuestra Señora Santísima de los Dolores. La liturgia pretende así ligar las dos figuras de Cristo y de María en un único misterio: el de nuestra salvación. Con esta fiesta concluimos nosotros estos días de Triduo en honor de Nuestra Señora. En el año 1741 el escultor José Medina y Añayabeles plasmó en la imagen de María Santísima de los Dolores la fiesta que hoy celebramos. Quiero comenzar hoy invitándoos a contemplar tranquilamente la imagen de María Santísima de los Dolores. Esta bellísima imagen que contemplan nuestros ojos nos ofrece, dentro de su serenísima tristeza un llanto que sobrecoge, con el aliento entrecortado, en suprema congoja por el intenso dolor que le produce el momento que representa. Es el momento más pasional y fuerte del sufrimiento. No llegó el desahogo. El dolor quema, tortura y hasta contrae las facciones de la más bella de las mujeres. Tiene afilada la nariz, levemente convulsos los labios y levantados los extremos interiores de sus cejas; señales claras de la cruel lucha. Se llama Dolores, María Santísima de los Dolores. Los Dolores de Nuestra Señora nos permiten mirar a la Virgen de un modo nuevo. Y me explico en esto que creo que es muy importante. María sobresale por muchas razones. Dice Isabel: "Bendita tú entre las mujeres" (Lc 1,42), como diciendo que Ella es única entre todo el género femenino. Y sabemos que lo que la Iglesia enseña de la Santísima Virgen es muy grande, y es también único. Pero a mí me gusta mucho, que uno de los antiguos grandes predicadores de la Iglesia, San Atanasio, llama a la Virgen María “Nuestra Hermana”. Estamos acostumbrados a mirar a María como Nuestra Madre y lo es. Pero el dolor nos invita a que la miremos como madre ciertamente, pero también como hermana, como compañera en el camino de la fe. El dolor está presente en la vida de todos en mil formas distintas. Hay quienes sufren más que otros, es verdad. Pero no es menos cierto que la vida de cualquier hombre no es camino sembrado de rosas sino de cruces. Venimos con dolor a este mundo y nos vamos de este mundo dejando una estela de sufrimiento. Y entre el nacer y el morir transcurre nuestra vida, que San Agustín define como “muerte viviente” (mors vitalis). Como en el mundo se da el día y la noche, así nuestra existencia transcurre entre luces y oscuridades. El dolor se presenta bajo mil formas distintas. Nos agobian los dolores físicos y morales. Unas veces se les ve venir. Otras el dolor viene inesperado y violento, destruyendo ilusiones y proyectos, hogares y vidas. Se presenta en la niñez y en la vejez, y también en la juventud. Dios no nos ha querido explicar el sentido profundo del sufrimiento humano. Tampoco para la Virgen fue distinto. Os podéis imaginar, ¿qué podía entender Ella junto a la cruz? Como mujer, como creyente, como madre, ¿qué podía entender Ella ahí, sino que le estaban despedazando sus entrañas? Pero en la cruz, Dios ha hecho mucho más que explicarnos el sufrimiento, se ha hecho solidario de nuestros sufrimientos y los ha vivido. Por tanto, a pesar de su excelencia como Madre Dios, María experimentó como nosotros el cruel aguijón del sufrimiento. Cuando contemplamos a María con ojos cargados de dolor, acompañando el Viernes Santo a su Hijo hacia la muerte, cuando la contemplamos junto al crucificado en el Calvario, María nos parece que ella sabe de nuestras luchas y angustias. María es una de los nuestros. Es nuestra hermana. Por eso, como hermana mayor, siendo humana como nosotros, nos enseña a vivir el dolor. Junto a la cruz, María aprendió como Cristo “sufriendo a obedecer”. Así, Ella nos enseña a aceptar los dolores y angustias de nuestra vida desde la fe. Ella junto a la cruz, sin necesidad de palabra alguna, nos enseña que Dios es nuestro Padre Bueno, que quizás Él como buen padre nos concederá siempre todo lo que nosotros pidamos o deseemos, pero que Él siempre quiere nuestro bien, aunque a menudo no comprendamos lo que hace. Pero, sobre todo, María nos enseña desde sus dolores que en esta vida nuestra la última palabra no la tienen ni el dolor ni los hombres sino Dios: Él un día aliviará nuestros cansancios y sufrimientos. Un día Él dirá la última palabra y esa es una palabra de Victoria y de Amor. Mientras tanto nos queda su ayuda y la protección de la Santísima Virgen. Esa es la belleza que esconden las cuatro lágrimas del rostro esta bella imagen de María Santísima de los Dolores En una de sus revelaciones dice Cristo a San Juan de la Cruz: "Sube a mi Cruz. Yo no he bajado de ella todavía". Cristo sigue crucificado en cada hombre y en cada mujer que sufre. Él nunca nos deja. No tengamos miedo. María es nuestra hermana, nuestra compañera en el caminar. Ella también está siempre a nuestro lado en todos los momentos de la vida. Muchas más cosas podrían decirse de la Santísima Virgen, Señora Nuestra de los Dolores, porque como dijo San Luis María de Grignon: “De María nunquam satis”, de María nunca es suficiente lo que digan nuestra pobres palabras. Ya lo dijo el fénix de los ingenios, el gran Lope de Vega, dirigiéndose a Nuestra Señora: Vuestras gracias me cuentan, Zagala hermosa, Morena graciosa, mientras más me dicen, más me enamoran. ¡Cómo nos gustaría sentirnos inundados por este resplandor! Nosotros que caminamos por este “valle de lágrimas” ¡cuánta falta nos hace en nuestro caminar esta hermana nuestra que es la Virgen! ¡cuánto necesitamos contemplar la serenísima mirada de dolor de María Santísima de los Dolores! Hermanos, que sea su belleza la que transforme nuestros corazones y nuestro entorno. Así sea. MEDITACIÓN PARA EL EJERCICIO DE TRIDUO - DÍA TERCERO Todos conocemos gente que sufre con especial fuerza. A todos los que aquí – jóvenes y mayores – nos toca en algún momento sufrir . Cristo penetró en esa maraña terrible que es el sufrimiento y se hizo solidario redimiendo al mundo desde nuestros dolores. Así Cristo anunció la salvación para todos. El dolor en Cristo no es un absurdo cerrado. Si no, Dios no hubiera permitido que su hijo bien amado muriera en la cruz y su Madre bendita sufriera tanto. María acompañó a Cristo en sus dolores. Y María sigue acompañándonos en nuestros sufrimientos y angustias. Ella anuncia al rostro materno y misericordioso de Dios. En silencio contemplando al Señor háblale. Háblale de las personas que conoces y que sufren. Háblale de tu vida. Y, sobre todo, dale gracias por la Virgen, nuestra hermana en el caminar, y por sus brazos siempre dispuestos acogerte en tus sufrimientos. Dale gracias, por María. |








