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NOVENA CONSAGRADA A

NUESTRO PADRE JESUS NAZARENO

Y

MARÍA SANTÍSIMA DE LOS DOLORES

 

Si no pudistes acudir personalmente al templo durante la celebración de la Novena oficiada por el Rvdo. Sr. D. Pedro José Martínez Robles, (vicario judicial de la Diócesis de Jaén y Canónigo de la S.I. Catedral, Vicario Parroquial de San Ildefonso) en este año 2011, desde esta página te acercamos las homilías  de los distintos días para que puedas disfrutarlas.

 

PRIMER DIA DE NOVENA

Ya hoy es el día en que “Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal”. Ya hoy es el día en el que el Nazareno, el que ha cargado con la Cruz de nuestro pecado, ha vencido al pecado resucitando de entre los muertos. Hoy es día de gozo porque toda la Iglesia extendida por el mundo celebra al Señor de la Vida, al Señor que nos da el Agua Viva que salta hasta la vida eterna, al Señor que es la Luz de mundo.

Quisiera que estos días de Novena sean días para compartir entre vosotros oración, escucha de la Palabra de Dios, celebración del Santo Sacrificio de la Misa, devoción y amor a Cristo Nazareno que va a sufrir, padecer y morir por nosotros; devoción y amor también a su Madre Santísima de los Dolores. Doy gracias a Dios por estar aquí este año, por compartir estos días de Cuaresma con todos vosotros, queridos hermanos; siempre es el tiempo oportuno, y este es el tiempo –estos son los días‑ que Dios ha querido que esté con vosotros; estos son los días que Dios quiere que vivamos intensamente en la escucha de su Palabra, en la contemplación de la Eucaristía y en el amor y devoción a nuestras imágenes titulares.

2. Hoy hemos escuchado el segundo de los evangelios “bautismales”, con los que el Evangelista San Juan presenta simbólicamente a Cristo como agua, luz y vida: la semana pasada escuchábamos el Evangelio de la samaritana, hoy Jesús se nos presenta en clave de luz, con la curación del ciego de nacimiento.

Se trata de una de las páginas más atrayente de todo el Evangelio. Comentándolo en su tiempo a los cristianos, en presencia de los catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo en la gran vigilia de Pascua, San Agustín empezaba diciendo: “Larga ha sido la lectura del ciego de nacimiento, al cual el Señor devolvió la vista; y, si tratásemos de explicarla toda, considerando todos los detalles según nuestro alcance, no nos bastaría el día” (Trat. XLIV in Jn).

San Juan ambienta el relato en la fiesta de las tiendas o de los tabernáculos, que era un recuerdo gozoso de la estancia durante cuarenta años de Israel en el desierto (Jn 7,2). Con ocasión de esta fiesta, el sacerdote sacaba agua de la piscina de Siloé y la derramaba sobre el altar y, al atardecer, toda la ciudad santa de Jerusalén era iluminada fantásticamente por hogueras y antorchas que se colocaban sobre los muros del Templo. Agua y luz, por tanto, eran los símbolos centrales de esta fiesta judía. Agua y luz son también los elementos centrales del milagro realizado por Jesús en aquel hombre ciego.

La tradición cristiana ha visto en este texto el itinerario de la conversión cristiana, de la fe y de la regeneración bautismal. El ciego que pasa de las tinieblas a la luz es, en cierto modo, el modelo de la fe que crece y madura. Su camino es un progresivo reconocimiento de la verdad de Jesús, desde el momento inicial en que se encuentra con él hasta el momento supremo de la confesión de fe. Al inicio ve en Jesús solamente un hombre (v. 11: “Ese hombre que se llama Jesús”), luego confiesa a los fariseos que “es un profeta” (v. 17), más tarde lo ve como uno que viene de parte de Dios (v. 33: “si éste no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada”) y, finalmente, lo confiesa como “Hijo de Dios y Señor”, postrándose a sus pies en un acto de culto propio del creyente (v. 38: “Creo Señor”). El texto, en efecto, concluye con la adoración y la aclamación litúrgica Kyrie, ¡Señor!

El hombre de hoy está falto de luz. Mirad, quién más quién menos, todos estamos en situación de penumbra o de tiniebla: dudas, soledad, desorientación, búsqueda, confusión de ideas. Nos podemos sentir bien representados por el ciego de hoy, condenado a la falta de luz y encima zarandeado por sus familiares y conocidos, que le envuelven en discusiones sin fin. Algunos de ellos son más ciegos que él, porque en realidad no quieren ver.

Pues bien, la respuesta de Dios a nuestras oscuridades e incluso a nuestras cegueras es una Persona: su Hijo, Jesucristo, la Luz que quiere disipar toda tiniebla y orientarnos en la vida. El ciego, que era tenido por pecador, llegó gradualmente a la luz y creyó en Cristo. Los que se tenían por justos, los fariseos, los maestros de la Ley, se fueron encerrando en sí mismos y en su oscuridad; y no le aceptaron. Sabemos el desenlace del drama que provoca la ceguera del hombre: “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron”.

3. Jesús, la Luz del Mundo, experimentó también la oscuridad. En este primer día de Novena, recordaremos en nuestra adoración al Santísimo Sacramento, el momento de la Oración de Jesús en el Huerto de los Olivos. Es el momento de la oscuridad de Jesús ante el poder de la muerte que se avecina, es el momento en el que Jesús siente miedo, siente pavor frente al abismo de la nada, que le hace temblar e incluso, según San Lucas, sudar como gotas de sangre. La oración de Jesús en el Huerto de los Olivos es «el estremecimiento particular de quien es la Vida misma ante el abismo de todo el poder de destrucción, del mal, de lo que se opone a Dios, y que ahora se abate directamente sobre Él, que ahora debe tomar de modo inmediato sobre sí, más aún, lo debe acoger dentro de sí hasta el punto de llegar a ser Él mismo ‘hecho pecado’ (2 Co 5, 21).

Precisamente porque es el Hijo, ve con extrema claridad toda la marea sucia del mal, todo el poder de la mentira y la soberbia, toda la astucia y la atrocidad del mal, que se enmascara de vida pero que está continuamente al servicio de la destrucción del ser, de la desfiguración y aniquilación de la vida. Precisamente porque es el Hijo, siente profundamente el horror, toda la suciedad y la perfidia que debe beber en aquel ‘cáliz’ destinado a Él: todo el poder del pecado y de la muerte. Todo esto lo debe acoger dentro de sí, para que en Él quede superado y privado de poder (…)

La angustia de Jesús el Huerto de los Olivos… es el choque frontal entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte, el verdadero drama de la decisión que caracteriza a la historia humana… Podemos aplicarnos a nosotros mimos,… de manera totalmente personal, el acontecimiento del Monte de los Olivos: también mi pecado estaba en aquel cáliz pavoroso. (Podemos oír) al Señor en agonía en el Monte de los Olivos que (nos dice): ‘Aquellas gotas de sangre, las he derramado por ti’…» (Ratzinger, Jesús II, 183-5).

La contemplación de este misterio de la mano de Jesús Nazareno; la contemplación del Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: es como si esta tarde nos dijera también el Señor “¿Tú crees en el Hijo del hombre?”. “Creo, Señor” (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento. Esta tiene que ser también nuestra respuesta, el ciego nos pone voz. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en Él a nuestro único Salvador. Él, que experimento la máxima oscuridad, ilumina desde entonces todas las oscuridades de nuestra vida y nos lleva a vivir como “hijos de la luz” (Benedicto XVI, Mensaje Cuaresma 2011).

4. Vamos a celebrar, comer, adorar la Eucaristía, a Cristo mismo, real y presente en este Sacramento Admirable. La Eucaristía es la prenda de la luz eterna que experimentaron los apóstoles cuando contemplaron al Señor transfigurado. La Eucaristía es anticipo aquí y ahora de la vida eterna, de la contemplación de la luz sobre toda luz.

La Eucaristía es nuestra auténtica fuerza en el camino de la vida, porque sabemos que en la prueba no estamos solos, porque sabemos que el poder de Cristo se manifiesta plenamente en nuestra debilidad; nos inyecta ánimo para asumir nuestra opción por Cristo en nuestro camino hacia la Pascua y también para dar testimonio del Misterio de Cristo, de su muerte y su resurrección. Démosle gracias, adorémosla, comamos y bebamos al mismo Cristo que nos ha dado todo para salvarnos, para darnos la vida.

 

SEGUNDO DIA DE NOVENA

  

novena 2011 segundo día

Si ayer meditábamos a partir del Evangelio de San Juan en que Cristo es la Luz que disipa las tinieblas y oscuridades de nuestra vida, quisiera que esta tarde nos fijáramos sobre todo en la Primera y Segunda Lecturas proclamadas.

La elección de David (Primera lectura) es como una confirmación de que el más pequeño, aquel en el que nadie ha pensado (ni su padre Jesé, ni el mismísimo profeta Samuel), se convierte de un modo imprevisto en el justo, en el elegido de Dios que supera a todos sus hermanos mayores. “La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira a las apariencias, pero el Señor mira al corazón”, dice el Señor al profeta que busca al rey que ha de ungir. Dios ve con el amor gratuito, Samuel se deja llevar de la apariencia externa. Es “en aquel momento”, no antes, cuando “el Espíritu del Señor invadió a David y estuvo con él en adelante”; es el mismo Espíritu que le hace crecer hasta convertirle en símbolo y antepasado de Jesús, en el profeta que, en el trágico destino de su vejez, anticipa algo de la pasión de su descendiente, Cristo. Como el ciego de nacimiento que terminó siendo expulsado de la sinagoga.

Y así, finalmente, por indicación expresa del Señor es ungido el más pequeño, David. El cuerno de aceite derramado sobre él y que le penetra la piel es expresión externa del “espíritu del Señor”, que lo penetra interiormente y se queda en él para siempre. El mismo “espíritu” (ruah) que antiguamente había animado la acción liberadora, aunque pasajera, de los jueces, ahora se posa en el pequeño pastor que llegará a ser Pastor de su pueblo. Así lo cantará el Salmo 78, 70-71: “Y eligió a David su siervo, lo sacó de los apriscos del rebaño, le trajo de detrás de las ovejas, para pastorear a su pueblo Jacob, y a Israel, su heredad”.

Elección gratuita, unción real, presencia del Espíritu, son realidades que anticipan la figura del rey Mesías que, al final de los tiempos, “reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin” (Lc 1,33). Al mismo tiempo evocan el sacramento del bautismo cristiano, a través del cual el creyente es recreado y ungido en el Espíritu en virtud del misterio pascual.

David uno de los nuestros, un ser humano, cargado de posibilidades y limitaciones, que lo colocan nuestra altura. En David conviven el bien y el mal, la fidelidad y la promiscuidad, el regateo por lo pequeño y la generosidad, la poesía y la guerra, la muerte y la vida. David es de los nuestros, es ser humano.

Mirad, muchas veces creemos que para trabajar en los planes de Dios se necesitan seres excepcionales; pero no es así: solamente los seres humanos, que somos capaces de generosidad y egoísmo, de luchas y paz, nos toma Dios para sus planes. Este pasaje de la Sagrada Escritura nos anima a todos a sentirnos llamados por Dios y elegidos por Él. A cada uno de nosotros el Señor nos llama por nuestro nombre y nos elige para ser sus testigos. Nos ha ungido en el bautismo y en la confirmación con el Santo Crisma que nos da, que nos regala el Espíritu que habita en nosotros.

3. La Segunda lectura tomada de la Carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso, nos exhorta a comportarnos como “hijos de la luz”. Todos nosotros hemos seguido el mismo camino que el ciego de nacimiento: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor”; es como si se nos dijera: habéis sido introducidos por el Señor, que es la luz del mundo, en su luz; por eso: “Caminad como hijos de la luz”. Y como hijos de la luz debemos ‑al igual que el ciego de nacimiento‑ sacar las tinieblas a la luz, transformarlas para que se vea cómo están iluminadas por la luz y que ellas mismas se conviertan en luz. Aquí, como en el gran relato del Evangelio, queda claro que la luz de Jesús no sólo ilumina, sino que transforma todo lo que ilumina en luz que brilla y actúa junto con la de Jesús.

Los hombres de la calle, las persona sencillas que tienen su puesto de trabajo (o está por desgracia en el paro), los jubilados, aquellas personas que nos cruzamos cada día en la tienda, en el trabajo, en la ciudad... nos sentimos muchas veces impotentes para cambiar este estado de cosas en el que parece que todo es tiniebla y podemos sentir la tentación de la derrota, del miedo. Experimentamos a veces que nuestra aportación es insignificante en un mundo lleno de múltiples confusiones y donde el poder del mal parece que triunfa sutilmente, sin que nos demos cuenta: se reviste el asesinato del más débil de derechos o de libertad; se nos vende la infidelidad como el camino a la fama; nos meten poco a poco la vulgaridad o la trivialidad como el sentido de la vida que hay que buscar porque conduce a la fama o al dinero. Y no es así.

La Palabra de Dios de hoy nos invita a cambiar nuestro punto de vista, porque la mirada de Dios no es la mirada de los hombres y porque el Señor nos confía una tarea grande en el quehacer humano. Podemos ser pequeños y débiles ante las grandes fuerzas del mal, pero contamos con la promesa de Dios de que el bien triunfará sobre el mal, de que Él estará con nosotros hasta la consumación de los siglos. Contamos con la certeza de que el pecado y la muerte han sido ya destruidos. A los cristianos nos corresponde la hermosa misión de ser esperanza para un mundo que necesita urgentemente esperanza. Tenemos la misión de caminar “como hijos de la luz” que es Cristo en un mundo y una sociedad que necesitan esta Luz verdadera que alumbra a todo hombre.

34. Ayer contemplábamos la oscuridad de Jesús (la Luz del mundo) en el Huerto de los Olivos. Hoy contemplamos la traición del amigo, del discípulo, del elegido por su nombre, la traición de Judas. En el Evangelio de San Mateo Jesús le llama “amigo”; en el de San Lucas le pregunta Jesús en el Huerto: “¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre?”. Mirad, «Jesús debe experimentar la incomprensión, la infidelidad incluso dentro del círculo más íntimo de los amigos». Judas «ha caído bajo el dominio de otro: quien rompe la amistad con Jesús, quien se sacude d encima su “yugo ligero”, no alcanza la libertad, no se hace libre, sino que, por el contrario se hace esclavo de otros poderes; o más bien: el hecho de que traicione esta amistad proviene ya de la intervención de otro poder, al que ha abierto las puertas.

Y, sin embargo, la luz que se había proyectado desde Jesús en el alma de Judas no se oscureció completamente. (…) Trata de salvar a Jesús y devuelve el dinero. Todo lo puro y grande que había recibido de Jesús seguía grabado en su alma, no podía olvidarlo.

Su segunda tragedia, después de la traición, es que ya no logra creer en el perdón. Su arrepentimiento se convierte en desesperación. Ya no ve más que a sí mismo y a sus tinieblas, ya no ve la luz de Jesús, esa luz que puede iluminar y supera incluso las tinieblas. (…) un arrepentimiento que ya no es capaz de esperar, sino que ve únicamente su propia oscuridad, es destructivo y no es un verdadero arrepentimiento. La certeza de la esperanza forma parte del verdadero arrepentimiento, una certeza que nace de la fe en que la Luz tiene mayor poder y se ha hecho carne en Jesús» (Ratzinger, Jesús II, 86-8).

5. Final. Contemplar a Nuestro Padre Jesús Nazareno con la Cruz de nuestro pecado sobre sus hombros debe significar para cada uno de nosotros contemplar también la posibilidad de nuestro pecado como traición al que sabemos que nos ama. Contemplar esta imagen que nos remite al Cristo vivo es darnos cuenta de que su yugo es llevadero y su carga ligera, significa darnos cuenta de que sólo seremos verdaderamente libres si somos capaces de cargar con nuestra cruz cada día. Rechazamos a Jesús, le traicionamos si nos vamos detrás de otros dioses: el dinero, el tener que muchas veces ponemos por encima del compartir; el afán de notoriedad que ponemos por encima de la sencillez de la vida cotidiana; el afán de poder y dominar que ponemos sobre la radical llamada que Jesús nos hace para servir y entregar la vida, siguiendo su ejemplo.

Que la Eucaristía que vamos a celebrar nos ayude a alcanzar un verdadero arrepentimiento de nuestras debilidades, de nuestro pecado, un arrepentimiento lleno de esperanza en Cristo, nuestra Luz, la Luz del mundo.

 

TERCER DIA DE NOVENA

  

novena 2011 tercer día

Siempre la Palabra de Dios es viva y eficaz, y hoy nos regala una espléndida meditación acerca del futuro, de la alegría y de la esperanza.

Jerusalén es una ciudad arrasada, el Pueblo de Dios está volviendo del Destierro de Babilonia y se encuentra el Templo, el lugar de la presencia de Dios, destruido. La Ciudad de David y el espléndido Templo de Salomón, donde se guardaba el Arca de la Alianza con las Tablas de la Ley, son ya historia después de que todo fuera asolado por los invasores. Existen incluso divisiones entre aquellos que fueron desterrados y los que pudieron quedarse a malvivir en la tierra, que se siguen marchando detrás de otros dioses. Y he aquí ‑en esta situación casi de desolación, que el Señor por boca del Profeta‑, promete una Nueva Creación, promete alegría y júbilo, promete gozo auténtico para todos: “voy a transformar a Jerusalén en alegría, y a su pueblo en gozo; me alegraré de Jerusalén y me gozaré de mi pueblo y ya no se oirán en ella gemidos ni llantos”; solamente habrá vida para todos, los niños no morirán de penurias; los mayores podrán vivir largos años: “ya no habrá allí niños malogrados ni adultos que no colmen sus años”.

Se trata de una Nueva Creación, más admirable aún que la primera creación: la del Cosmos, la de la tierra, la del propio hombre: “Mirad: yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva”. En la mentalidad semítica el hombre tiene una perfecta comunión con la naturaleza, que ha sido creada por el Dios todopoderoso y creador; por eso escuchar estas palabras nos asombra por la grandeza y la magnitud de estos “cielos nuevos y esta tierra nueva”. Hay una novedad absolutamente radical y absolutamente insospechada, de manera que “de lo pasado no habrá recuerdo ni vendrá pensamiento, sino que habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear”.

 Esta esperanza, esta alegría, esta promesa, este gozo, queridos hermanos, se ha cumplido ya: en Nuestro Señor Jesucristo. En Él ha sido vencido el pecado y la muerte; por Él nos ha llegado la Vida verdadera, la Vida auténtica; Él, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, haciéndose pecado, ha inaugurado esa Nueva Creación de la que nos hablaba el profeta Isaías.

Pero a la vez es una promesa que aún esperamos y por la que cada uno de nosotros tenemos que trabajar tanto personal como colectivamente, como Iglesia, como comunidad de los que creen en Cristo Muerto y Resucitado, presente y vivo en medio de nosotros por medio de su Espíritu.

Contemplar a Nuestro Padre Jesús Nazareno no puede más que hacernos ver que en su Cruz, ‑donde Él carga con nuestro pecado, con nuestras infidelidades, con nuestros egoísmos, con nuestras envidias, con nuestra pretensión de caminar lejos de Él‑ ya se realiza esa Nueva Creación que nos adelantaba el profeta. “De lo pasado no habrá ya recuerdo ni vendrá pensamiento”: cuántas veces buceamos en nuestro pasado y en el pasado de los demás para encontrar armas que utilizar contra nosotros mismos y contra los otros o para no confiar en que Dios puede hacer nuevas todas las cosas. Podemos equivocarnos, podemos fallar, pero no podemos quedarnos encerrados ni ahogados en el fango (ayer os hablaba de Judas, que después de traicionar a Jesús, después de devolver arrepentido las treinta monedas, no fue capaz de confiar en el poder misericordioso de Jesús, en su mirada transformadora, como lo hizo otro que también traicionó a Jesús y que fue el mismísimo Pedro). Dios nos perdona y Dios nos hace personas nuevas. En el bautismo experimentamos ese amor transformador de Dios que de hombre pecadores nos hace hijos suyos; cuando recibimos el sacramento de la penitencia experimentamos la misericordia de un Dios que nos re-crea, que nos renueva total y absolutamente por dentro y nos devuelve la dignidad de hijos que ha sido rota por el pecado. Así es el Dios en el que creemos, el Dios de Jesucristo que muere en la Cruz perdonando a los que le habían clavado en el madero

¿Y nosotros? ¿Somos capaces de perdonar como Él nos ha perdonado? ¿Somos capaces de ir construyendo en nuestra vida personal una relación de amistad con Dios en la que sólo miremos hacia delante con alegría y gozo? ¿No miramos demasiado hacia atrás, a nuestras propias miserias y no somos capaces de vivir la fuerza transformadora del Espíritu del Dios, que hace nuevas todas las cosas?

¿Somos capaces de vivir desde la gracia y el amor que el Señor nos regala en sus sacramentos para vivir auténticamente unidos, para vivir de un modo real la comunión de la que tanto hablamos a veces? Sucede que por nosotros mismos no podemos, pero tenemos que contar con su gracia, con su fuerza, con su mirada transformadora que hace nuevas todas las cosas.

2. Precisamente la Palabra de Jesús es la que curó al hijo de aquel funcionario real. Lo hemos escuchado en la Lectura del Evangelio de San Juan, que nos narraba el segundo de los milagros de Jesús: “anda, tu hijo está curado”. Y aquel hombre “creyó en la palabra de Jesús” y se puso en camino hacia su casa. No está cerca Caná de Cafarnaún, había unos 30 km, una jornada de camino. Y cuando le dieron la noticia ‑después de ese largo caminar en el que solamente contaba con la luz de la palabra de Cristo‑ de que al niño se le había pasado la fiebre “creyó él con toda su familia”.

La Palabra de Dios, hermanos, es viva y eficaz, la Palabra de Dios hace nuevas todas las cosas. Está presente en nuestra vida continuamente: el Padrenuestro es Palabra de Dios, cuando rezamos un Avemaría es Palabra de Dios; cuando escuchamos “Esto es mi Cuerpo” “Este es el cáliz de mi Sangre”, es Palabra de Dios. Cuando somos capaces de meternos en la intimidad del hogar o en el silencio y escuchar al Señor leyendo y meditando el Evangelio o rezando Salmos, se produce en nosotros una fuerza que nos debe transformar, porque la Palabra de Dios actúa en nuestra vida, y como a aquel niño, nos sana, nos cura, nos hace caer en la cuenta de que el Señor está con nosotros y hace nuevas todas las cosas.

3. Y es la Palabra de Jesús, y su confesión como “Hijo de Dios vivo”, lo que le valió ‑después de su detención y su proceso‑ la condena a muerte por parte del Sanedrín, agitado por las acusaciones de la casta sacerdotal imperante, representada por Anás y Caifás. El Papa, en su libro “Jesús de Nazaret” nos dice que “para el Sumo sacerdote y los demás allí reunidos la respuesta de Jesús cumplía en cualquier caso los requisitos para la blasfemia… Ahora se abate sobre Jesús, que había predicho su venida gloriosa, la burla brutal de los que se saben más fuertes y le hacen sentir su poder y todo su desprecio. Aquel del que habían tenido miedo días antes, ahora está en sus manos. El vil conformismo de espíritus débiles se siente fuerte ensañándose con Aquel que en estos momentos parece ser ya sólo impotencia.

No se dan cuenta de que, precisamente burlándose de él y golpeándolo, cumplen literalmente en Jesús el destino del Siervo de Dios: la humillación y exaltación se entrecruzan de modo misterioso. Justamente, en cuanto maltratado, Él es el Hijo del Hombre, viene de Dios en la nube que le oculta e instaura el Reino del Hijo del hombre, el Reino de la humanidad que proviene de Dios… De ahora en adelante comienza algo nuevo. A lo largo de la historia los hombres miran el rostro desfigurado de Jesús y reconocen precisamente en Él la gloria de Dios” (Ratzinger, Jesús II, 213-4).

Lo hacemos nosotros esta tarde en este tercer día de Novena. Miremos el rostro de Jesús cargando con la Cruz y experimentemos también contemplándolo a Él que en nosotros hay algo nuevo: la Luz de su Espíritu, la fuerza de su Amor entregado hasta el extremo. Reconozcamos en Él la gloria de Dios presente en nuestra vida y en nuestra historia personal. Sintamos que Él, que es la Palabra encarnada, con su Palabra hace nuevas todas las cosas.

Que su Madre Santísima, la que dijo “Hágase en mí según tu Palabra”, interceda por nosotros para que vivamos la alegría del encuentro con su Hijo en la Palabra y los Sacramentos, en el sacramento admirable de la Eucaristía que vamos a celebrar, que vamos a comer, que vamos a adorar.

 

NOVENA DIA CUARTO

 

En la oración al principio de la Misa en este cuarto día de Novena a Nuestro Padre Jesús Nazareno, le pedíamos al Señor: “que las saludables prácticas de la Cuaresma dispongan los corazones de tus hijos, para que celebren dignamente el misterio pascual y extiendan por todas partes el anuncio de tu salvación”. Esta oración es como un resumen del tiempo cuaresmal que comenzamos hace casi cinco semanas y en el que poco a poco, día a día, vamos caminando.

Se trata pues de “disponer nuestros corazones”, mediante “las saludables prácticas cuaresmales” para “llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida”; se trata de “dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo”; de “orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo” (Benedicto XVI, Mensaje Cuaresma 2011).

Estas prácticas cuaresmales sabemos que son la oración, el ayuno y la limosna, que nos ayudan a prepararnos para “celebrar dignamente el misterio pascual”. Con la limosna nos despojamos de nosotros mismos dando gratuitamente a los que más lo necesitan y recordando que Dios está por encima de todos los bienes materiales; con el ayuno “aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos”; con la oración, especialmente con la meditación de la Palabra de Dios “la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo”.

Porque el día de nuestro Bautismo se nos transmitió la vida divina que con su Muerte y Resurrección nos ha ganado el Redentor. Ese día comenzamos la “aventura entusiasmante y gozosa” de ser discípulos del Señor. Ese día, todos nacimos a la vida de Dios por medio del Espíritu que nos ungió y el agua en la que fuimos sumergidos.

2. Y precisamente de agua nos habla hoy la Palabra de Dios, hemos escuchado en el Primera Lectura un visión del profeta Ezequiel en la que se nos narraba cómo del zaguán del Templo de Jerusalén salía un torrente que no sólo iba cubriendo poco a poco al profeta sino que también se extendía hasta el Mar Muerto y “todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente”. Se trata de un agua que da vida, un agua que nos evoca a Cristo, el Nuevo Templo de cuyo costado abierto en la Cruz salió agua junto con la sangre para significar la vida nueva que se nos daba después de su muerte.

De agua también se nos habla en el pasaje evangélico que hemos escuchado: hemos contemplado cómo hay un paralítico junto a una piscina, la piscina de Betesda que estaba junto al Templo, en Jerusalén. Este hombre llevaba treinta y ocho años, toda una vida, paralítico y lo que es peor, no había nadie que le quisiera ayudar a entrar en aquellas aguas sanadoras. Jesús es quien le sana, ya no es el agua, es el Señor quien le ayuda a salir de su postración y le dice “coge la camilla y vete a tu casa”; si nos fijamos, Jesús lo hace gratuitamente, no sucede como en otros milagros, donde se pide antes la fe en el Señor; San Juan quiere significar así la entrega total del Hijo de Dios, gratuitamente, por puro amor, por pura gracia, hacia el hombre postrado y paralizado por el peso del pecado, el hombre que se encuentra en la soledad más absoluta. Jesús, es verdaderamente así “el agua viva”, la fuente de la salvación que limpia los pecados y lava las culpas.

Pero no es ahora cuando reconoce a Jesús, será después, cuando Jesús le diga “has quedado sano; no peques más”, cuando dé testimonio de Él. Es entonces cuando verdaderamente se da cuenta de que Jesús es alguien distinto y por eso se siente no sólo sanado, sino además salvado. Y da testimonio de Él.

3. Cuando nos sentimos, queridos hermanos, sanados y salvados por Cristo, cuando hemos experimentado que “me amó y se entregó por mí” es cuando proclamamos a todos el gozo de saber que Dios nos ha amado hasta el extremo de entregar a su Hijo por nosotros, por cada uno de nosotros, por ti y por mí. Y nos encontramos con la segunda parte de la oración al principio de la misa “que las saludables prácticas de la Cuaresma dispongan los corazones de tus hijos, para que celebren dignamente el misterio pascual y extiendan por todas partes el anuncio de tu salvación”. Hemos de anunciar que Jesús nos ha sanado, nos ha curado, nos ha salvado. Anunciarlo a todos, allá donde nos encontremos. Cada uno de nosotros. Es así como hacemos realidad el mandato misionero del Señor y es así cuando cumplimos cabalmente nuestra tarea como cristianos en este mundo que nos ha tocado vivir.

Todos tras recibir la Vida Nueva de los Hijos de Dios en el Bautismo, entramos a formar parte de la Iglesia, que no es cosa de obispos o de curas, sino que es la comunidad de los que creen en la Salvación traída y prometida por Cristo, la comunidad que celebra los sacramentos, por los que nos encontramos con Jesús Resucitado, la comunidad que escucha y comparte el pan de la Palabra de Dios, la comunidad que camina dando testimonio de Jesús Resucitado en medio de la indiferencia y del pasotismo de nuestro mundo. Caminamos juntos, sí, y tenemos que dar testimonio juntos de nuestra fe, aunque no se nos entienda, aunque nos persigan, aunque nuestro testimonio muchas veces sea doloroso.

Dar testimonio de nuestra fe unidos: no como francotiradores, sino todos, todos unidos: desde el obispo hasta la más pequeña de las Hermandades de nuestros pueblos; desde los sacerdotes hasta la abuelita sencilla que sólo sabe que el Señor está con ella en su vida; desde el laico más comprometido en la acción eclesial hasta el niño que comienza a aprender a rezar el Padrenuestro; desde el joven que se inquieta ante los interrogantes de la existencia, hasta el enfermo terminal que ofrece su dolor por todos nosotros.

4. Esta tarde en nuestra Novena contemplaremos “a Jesús condenado a muerte por un tribunal inicuo, interrogado por sacrílegos jueces y condenado por inhumanos verdugos”; es el “Ecce homo” tal y como el mismo Pilato dijo. “Ecce homo”, “he aquí al hombre”; es el hombre que ha sido rechazado por el pueblo, que ha escogido a Barrabás; es el azotado con el castigo tremendamente bárbaro de la flagelación; es el burlado y escupido por los soldados romanos, revestido con un manto púrpura, es el que sostiene un cetro de caña, es el coronado de espinas. Es el “Ecce homo”. “¡Aquí tenéis al hombre!”: “esta palabra adquiere espontáneamente una profundidad que va más allá de aquel momento. En Jesús aparece lo que es propiamente el hombre. En Él se manifiesta la miseria de todos los golpeados y abatidos. En su miseria se refleja la inhumanidad del poder humano, que aplasta de esta manera al impotente. En Él se refleja lo que llamamos ‘pecado’: en lo que se convierte el hombre cuando da la espalda a Dios y toma en sus manos por cuenta propia el gobierno del mundo.

Pero también es cierto el otro aspecto: a Jesús no se le puede quitar su íntima dignidad. En Él sigue presente el Dios oculto. También el hombre maltratado y humillado continúa siendo imagen de Dios. Desde que Jesús se ha dejado azotar, los golpeados y heridos son precisamente imagen del Dios que ha querido sufrir por nosotros. Así, en medio de su pasión, Jesús es imagen de esperanza: Dios está al lado de los que sufren” (Ratzinger, Jesús II, 233-4).

Contemplar al “Hombre Jesús” humillado, coronado de espinas, burlado, flagelado, nos lleva mirar a nuestro alrededor. Nos lleva a darnos cuenta de cuántos hermanos nuestros sufren por los terrores de la guerra, del abandono, del hambre. Nos lleva darnos cuenta y a darle gracias porque sus “heridas nos han curado”. Nos lleva en definitiva a elevar nuestro corazón agradecido al Padre por tanto amor como nos ha mostrado en su Hijo Jesús, el Nazareno. El que veneramos y contemplamos también esta tarde.

Que la Eucaristía que vamos a gustar nos lleve a seguir profundizando en nuestras prácticas cuaresmales para darle gracias por la Vida que nos ha regalado y dar testimonio unidos de su amor hasta el extremo.

 

NOVENA DIA QUINTO

 

Hoy la Palabra de Dios que hemos escuchado nos habla de cómo es el Dios en el que creemos, el Dios de Jesucristo. Me voy a centrar en la Primera Lectura haciendo unos breves subrayados de la del Evangelio en la que profundizaremos mañana.

El pasaje del profeta Isaías que se ha proclamado es uno de los cuatro cánticos del Siervo de Yahvé, que nos preparan para ver después en Cristo al enviado de Dios. Es un canto que resalta el amor de un Dios que quiere a su pueblo, a pesar de sus infidelidades. Se nos habla de un Dios que es pastor y agricultor y médico; y hasta madre. Es un Dios que se prepara a salvar a los suyos del destierro, a restaurar a su pueblo. Las imágenes se suceden: «decid a los cautivos: salid; a los que están en tinieblas: venid a la luz». Dios no quiere que su pueblo pase hambre ni sed, o que padezcan sequía sus campos: «los conduce el Compasivo y los guía a manantiales de agua». Todo será alegría y vida. Y por si alguien en Israel había dudado pensando «me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado», sepa que no tiene razón. Y el profeta escribe de las palabras más hermosas de todo el Antiguo Testamento: «¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.»

El amor que Dios nos tiene es como el de una madre, mayor aún que el de una madre: es un amor entrañable, hermanos, es un amor que sale de dentro. Es un amor “compasivo y misericordioso”, como bien nos ha expresado también el Salmo que hemos escuchado.

2. Esta tarde también nos fijamos en María, en los dolores de María. “Stabat Mater dolorosa, iuxta crucem lacrimosa, dum pendebat filius”, María está junto a la Cruz donde cuelga su Hijo. Ya está muerto, ya nos ha dado todo lo que tenía. Pero ella está de pie, permanece en pie llorando. La tradición cristiana y el arte cristiano han querido representar siempre el dolor de María junto a la Cruz. La figura de María ha llenado la literatura, la poesía, la pintura, la escultura, incluso el cine. Y María siempre está en pie junto a la Cruz, llena de dolor, sí, llorando, sí; pero en pie. El Hijo de Dios no se ha reservó nada para sí, incluso entregó el Espíritu, muerto no se quedó con nada. Desangrado, des-entrañado nos dio todo lo que tenía. Y antes nos dio a su Madre también: “Ahí tienes a tu Madre” le dijo al discípulo que tanto quería. No se quedó con nada. Ni con su Madre. Su Madre, por Él, es para nosotros, es nuestra Madre.

Podemos imaginar el dolor de María al ver al Hijo de sus entrañas cargar con las Cruz, al ver al Hijo de sus entrañas muerto en la Cruz. Sabemos que el Hijo de Dios procede del Padre, es el fruto eterno del Padre, de sus amorosas entrañas; pero también es el fruto temporal de María, de sus amorosas entrañas, ella le dio la carne, por ella se hizo como nosotros, hombre. Jesús es el fruto de María: es su fruto cuando dijo “sí” al Señor, en su gestación, en la compañía durante su ministerio, en la renuncia a estar como centro para que él lo fuera todo. Es el fruto que ella recoge muerto cuando el Hijo consumó su obra. Jesús se parece a Dios, nos muestra su misericordia entrañable. Pero también Jesús se parece a María, porque ha nacido de sus entrañas. Contemplando a la madre, contemplamos también al Hijo.

Jesús es el Hijo de sus entrañas, y por eso llora, por eso son sus lágrimas. De dolor, pero también son lágrimas de esperanza, de aceptación de la voluntad del Padre y del Hijo. Son lágrimas de dolor pero también de gozo, porque tras la Cruz viene la vida.

Los apóstoles no comprendieron al Señor cuando les anunciaba que iba a padecer, que iba a morir pero que al tercer día resucitaría. Lo comprendieron después. Yo pienso que María lo entendió cuando seguro que lo escuchó: “al tercer día resucitaré”; estoy seguro de que cuando estaba de pie junto a la Cruz, quizá sin comprender por qué tanto dolor, estaba recordando la Palabra de su Hijo, y que esa Palabra la mantenía en pie, la mantuvo fiel.

La Palabra es vida para nosotros y nos acerca a Cristo, al rostro del Hijo. Tenemos que hacer que la Palabra de Dios sea centro en nuestra vida cristiana, en nuestra vida cofrade, tenemos que hacer que la meditación y la oración por medio del Evangelio nos haga conocer más y mejor el plan salvador de Dios. Por la Palabra, que se encarnó en las entrañas de María, conocemos el rostro del Hijo; por el Evangelio nos adentramos también en su misterio de amor y de vida. El Evangelio tiene que ser el norte de nuestra vida cristiana, de todos los criterios y valores de nuestra vida.

3. “Yo y el Padre somos uno”, ha dicho Jesús en el Evangelio: “El Hijo no puede hacer por su cuenta nada que no vea hacer al Padre”, “Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Jesús nos habla de unidad:

En la Iglesia, en nuestra Iglesia, a veces vivimos situaciones de tensión por tendencias, por sensibilidades distintas, por ideologías más o menos adelantadas o tradicionales, por partidismos eclesiales y conflictos de pareceres en todos los órdenes.

Pues bien, a todos, la Palabra de Dios nos dice hoy que nos convirtamos, que cambiemos de mentalidad, que cambiemos el corazón y que volvamos nuestro rostro al único que puede ser nuestra Luz, nuestra Paz, nuestro Guía: Cristo Jesús. Convertirnos a Cristo es el único camino de la unidad; y la unidad la tenemos que construir en el nivel de las Iglesias cristianas, pero también en el de las personas, de los grupos, de las Cofradías, dentro de nuestras comunidades cristianas y parroquiales. Cuando experimentemos el dolor de la discordia, una mirada a Cristo (a este Cristo que carga humilde la Cruz de nuestro pecado, a esta Virgen del Dolor por la que nos ha llegado el autor del gozo y la alegría verdaderos) una mirada a Cristo debe evitar que perdamos la caridad, el amor, la unidad, la ilusión de seguir creciendo en nuestra vida cristiana.

Pero, ojo, unidad no significa uniformidad: unidad no significa que todos piensen y sientan igual. En un coro no hace falta que todas las voces tengan el mismo timbre de voz o que canten al unísono. En una orquesta hay instrumentos de viento, de cuerda, de percusión, etc. pero unidos son capaces de hacer la más grande de las Sinfonías. A nosotros el Señor nos pide que haya armonía y concordia en esa riqueza de matices y personalidades. Que haya unidad de fe, de caridad fraterna, de ilusión por el trabajo común, el Señor nos pide que haya unidad para que sea auténticamente fecundo nuestro empuje misionero.

¡Con todo lo que hay que hacer para llevar a este mundo la luz y la novedad del evangelio, y estamos divididos entre nosotros mismos!. La falta de unidad nos condena a la ineficacia, a la esterilidad.

4.- La Eucaristía, queridos hermanos, es fuerza para la vida de cada uno, crea unos lazos de comunión, lazos de unidad auténtica con los demás y tenemos que ser cada día más conscientes de ello. Y sobre todo, mañana lo veremos, tiene una gran fuerza evangelizadora.

La Eucaristía es un encuentro personal con Cristo y también con la comunidad que celebra y comparte la misma fe. Tenemos que preguntarnos esta tarde: ¿Vivimos la dimensión comunitaria de la fe en la Eucaristía? ¿Nos sentimos unidos a los demás cuando la celebramos? ¿Qué actitudes personales me impiden el encuentro con los hermanos? ¿Cómo podemos ir progresando en la vivencia auténticamente comunitaria de la Eucaristía?

5. Terminemos poniendo nuestros ojos en María, en Nuestra Señora de los Dolores y a la vez poniendo nuestros ojos y nuestro corazón en lo que se va a realizar dentro de un momento en este altar. La Eucaristía es el “sacramento de nuestra fe” es misterio de fe, y supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios; nadie como María puede ser apoyo y guía en esta actitud de abandono ante la Palabra de Dios. Vamos a repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: «¡Haced esto en conmemoración mía!»; y lo que vamos a repetir se convierte también en aceptación de la invitación de María a obedecer a su Hijo sin titubeos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5): María lo dijo en las Bodas de Caná y con estas palabras es como si nos dijera a todos: «no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregándoos así la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “pan de vida”, para daros fuerza en dar testimonio, allá donde os encontráis ‑en vuestro trabajo, con vuestros amigos, en vuestros estudios, con vuestras familias‑ de que mi Hijo es “el camino, la Verdad y la Vida”».

 

NOVENA SEXTO DIA

 

  

sexto1Hoy en la Palabra de Dios contemplamos a Moisés como el lazo de unión entre las dos lecturas y como figura, como anticipo en el Antiguo Testamento, de Cristo Jesús. Moisés intercediendo por su pueblo, y Jesús caminando hacia la cruz para entregar su vida por la salvación de todos.

1. En la Primera Lectura hemos escuchado un diálogo entrañable entre Yahvé y Moisés. El pueblo de Dios está en el desierto, podemos decir que acaban de salir de Egipto, Dios les ha liberado “con mano poderosa y brazo extendido”, pero sin embargo ha pecado, se ha hecho un becerro de oro y le adora como si fuera su dios . El Salmo de hoy nos describe muy bien este pecado: “En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su Gloria por la imagen de un ídolo que come hierba. Se olvidaron de Dios su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos junto al Mar Rojo”. El Señor habla a Moisés distanciándose del pueblo: «se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto... Este pueblo es de dura cerviz: déjame que mi ira se encienda contra él».

Pero Moisés le da la vuelta a esta acusación, y toma la defensa de su pueblo ante Dios: «¿por qué se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto?». No es el pueblo de Moisés, es el Pueblo de Dios. Ése va a ser el primer argumento para aplacar a Yahvé. Y también, le recuerda Moisés a Dios la amistad de los grandes patriarcas para que perdone ahora a sus descendientes. Yahvé, además, había puesto una especie de «trampa» a Moisés: al pueblo lo va a destruir, pero ‑le dice a Moisés‑ «de ti haré un gran pueblo». Moisés no cae en la tentación: se pone a defender al pueblo. Y la Lectura concluye: «y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo».

El Señor nos interpela aquí en una dirección interesante: Moisés es intercesor, es defensor del Pueblo al que pertenece ante el Señor, podemos preguntarnos ¿tomamos nosotros ante Dios la actitud de Moisés en defensa del pueblo, de esta sociedad o de esta Iglesia concreta, de nuestra comunidad, de nuestra familia o de nuestros jóvenes? ¿intercedemos en nuestra oración por nuestros hermanos, por el mundo en el que nos ha tocado vivir?

Tenemos que rezar y orar insistentemente al Señor por las carencias y los problemas de nuestro mundo. Y hacerlo con convicción y con amor. Amamos a Dios y su causa, y por eso nos tiene que doler la situación de increencia del mundo de hoy. Pero a la vez amamos a nuestros hermanos de todo el mundo y nos preocupamos de su bien. Como Moisés, que sufría por los fallos de su pueblo, pero a la vez lo defendía y se entregaba por su bien.

2. En el Evangelio hemos escuchado parte del Discurso de Jesús a los judíos que sigue tras la curación del paralítico de la Piscina de Betesda y que San Juan nos relata de un modo gráfico. Los judíos ‑los letrados y los fariseos, los bien-pensantes, los que se creen por encima de los demás‑ critican a Jesús y ya tienen la intención de matarlo. Y Jesús les habla.

Les echa en cara que no quieren ver lo evidente. Hay testimonios muy válidos a su favor: el del Bautista, que le presentó como el que había de venir; las obras que hace el mismo Jesús y que no pueden tener otra explicación sino que es el enviado de Dios; y también las Escrituras, y en concreto Moisés, que había anunciado la venida de un Profeta de Dios. Pero los judíos no están dispuestos a aceptar este testimonio; Jesús se lo dice: «yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibisteis», «os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros». Si Moisés excusaba a su pueblo, ahora no podría hacerlo con los que no creen en Jesús: les acusaría claramente.

Jesús va a ser el “nuevo Moisés” que se sacrifica hasta el final por la humanidad. Es por eso el auténtico intercesor ante el Padre que le ha enviado.

Nosotros sí hemos acogido a Jesús, hemos sabido interpretar justamente sus obras. Por eso creemos en él y le seguimos en nuestra vida, y le seguimos a pesar de nuestras debilidades. Además en el camino de esta Cuaresma reavivamos esta fe y queremos profundizar en su seguimiento, imitándole en su entrega total por el pueblo. Nosotros aceptamos a Cristo, tenemos fe en Él, le hemos dicho “sí, te seguiré”, y lo hacemos para tener parte con él en la vida.

Por eso todos tenemos que sentir la urgencia de la evangelización de nuestros hermanos, de los que tenemos más cerca, de aquellos que no han experimentado cómo Jesús “me amó y se entregó por mí”, de los miembros de esta Cofradía que ha de ser un cauce de verdadera vida cristiana, de seguimiento de Cristo de un modo radical, de un modo auténtico.

3. Jesús carga con la Cruz, es la imagen del Nazareno, de Nuestro Padre Jesús sobre la que meditamos esta tarde. La Palabra de Dios nos ha puesto en la órbita de este amor entregado hasta el extremo por nosotros, sólo por nosotros, por cada uno de nosotros. Al cargar con la Cruz, Jesús carga con mi cruz de cada día; en la suya están todas nuestras cruces, todo nuestro pecado, todo el mal que se ha desbocado en el mundo.sexto3

Me conmueve contemplar esta imagen de Cristo abrazando la Cruz. No sé si habéis visto la película de Mel Gibson “La pasión de Cristo”; es una película muy dura, fue muy criticada por la violencia que se veía en ella, violencia que sin duda tuvo que sufrir Jesús. En ella aparece, después de la larga y angustiosa escena de la flagelación y de la condena a muerte, cómo cargan a Jesús con la Cruz. Durante breves segundos aparece cómo la abraza, aparece cómo la besa. Porque no es ya Cruz de condena; desde que cae sobre el hombro de Cristo se convierte en Cruz redentora, en Cruz de salvación. Ana Catalina Emmerich, una monja agustina alemana beatificada por Juan Pablo II en 2004, en su conmovedor relato ‘La amarga pasión de Cristo’ dice: “Jesús se arrodilló, la abrazó y la besó tres veces, dirigiendo a su Padre acciones de gracias por la Redención del género humano”. Es la Cruz redentora del Nazareno que carga con ella; es la Cruz liberadora por la que nos ha llegado la Vida. Como canta la Liturgia del Viernes Santo: “¡ Oh cruz fiel, árbol único en nobleza! / Jamás el bosque dio mejor tributo / en hoja, en flor y en fruto. / “¡Dulces clavos! ¡ Dulce árbol donde la Vida empieza / con un peso tan dulce en su corteza!”.

4. Un cristiano, un cofrade, tiene la misión de, no sólo en la Parroquia, no sólo en la Cofradía, sino sobre todo fuera de ella, en el trabajo, en el ocio, en la familia, en la tarea que se le encomiende, ser testigo de la fe en Cristo que muere y resucita por nosotros; ser testigo de que Cristo está con nosotros aquí, en la Eucaristía. Un buen cofrade no pude ser un cristiano vergonzante, no se puede callar nunca, siempre tiene algo que ofrecer a los demás: la palabra de Cristo, su Buena Noticia, su Evangelio.

Los miembros de una cofradía, los cofrades penitentes que salen en la procesión, los hermanos de luz son llamados también ‘nazarenos’. ¿Qué significa ser ‘nazareno’? a Cristo, porque había nacido en Nazaret, se le llama nazareno. Y en la Pasión, la criada del Pretorio y los soldados del Gólgota también lo llamaron así. Los cofrades, los nazarenos nos tienen que representar a Cristo por nuestras calles, los cofrades-penitentes-nazarenos tienen que sentirse estampa de Cristo doliente que nos redime de nuestro pecado y nos regala la salvación y la vida eterna. Yo creo que algo pasa en el corazón de un nazareno cuando siente que acompaña a su Cristo Nazareno en la soledad de una fila o en el verse privado de su imagen externa debajo de una túnica y de un capirote. Y si no pasara algo en ese corazón, estamos llamados a mostrarle la grandeza de esa tarea humilde y sencilla, pero doliente y penitencial a la vez.

Vuestra Cofradía tiene que avanzar en la dirección de Cristo y cada uno de vosotros se tiene que sentir discípulo y seguidor suyo, no un día al año, sino durante toda la vida. Sé que estáis trabajando para ello, para sentiros día a día más pegados a ese Cristo amigo que carga con el peso de la Cruz que es el peso de nuestro pecado, que se entrega por nosotros, que va a padecer por nosotros para nuestra salvación. Seguid trabajando en ello, porque ese es el camino verdadero.

5. Vamos a celebrar la Eucaristía. En ella está este Cristo Nazareno ya resucitado, ya glorificado. Es el pan de nuestro caminar. Es nuestro alimento, nuestro viático hacia la vida eterna, la vida que gustamos ya, aquí y ahora, anticipadamente. La Vida que Él, cargando con la Cruz, muriendo en la Cruz, nos ha regalado.

 

NOVENA SEPTIMO DIA

 

Hoy es viernes, día penitencial, día de oración y abstinencia. Dentro de dos semanas justas estaremos en el Viernes Santo, fijos los ojos en la Cruz de Cristo. La Palabra de Dios que hemos proclamado nos orientan ya hacia el Viernes Santo: de hecho algunas frases las volveremos a escuchar aquel día: «ha puesto su confianza en Dios, que le salve ahora, si tanto le quiere» (Mt 27,43).

En el Libro de la Sabiduría, -el último del AT- aparece una dinámica que luego vemos cumplirse a lo largo de los siglos y que también se repite ahora: los justos resultan incómodos en medio de una sociedad no creyente, y por tanto hay que eliminarlos. «Nos resulta incómodo, se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados... es un reproche para nuestras ideas... Lleva una vida distinta de los demás». La decisión de los ‘impíos’ es: «lo condenaremos a muerte ignominiosa». Pero Dios, como repite el salmo, «está cerca de los atribulados... el Señor se enfrenta con los malhechores... aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor».

2. «Los judíos trataban de matarlo». Jesús es el prototipo del justo que resulta incómodo y cuyo testimonio se quiere hacer silenciar.

El evangelio de hoy, que nos narra San Juan sucede también en la fiesta de las Tiendas o Tabernáculos, la fiesta del final de la cosecha, una fiesta muy concurrida en Jerusalén y que duraba ocho días. Jesús se presentaba como igual a Dios y por eso se provoca la oposición de las clases dirigentes del judaísmo. Hoy San Juan nos habla del Mesianismo de Jesús, se comienzan a suscitar las dudas de si Él es el Mesías o no, comienzan a surgir preguntas sobre la identidad del Jesús. Ya lo hemos ido escuchando estos días en la Lectura del Evangelio. Lo importante es desacreditarle y no tener que aceptar su testimonio.

Jesús afirma (“mientras enseñaba en el Templo gritó”) valientemente su identidad: «yo no vengo por mi cuenta, sino enviado por el que es veraz: a ése vosotros no le conocéis; yo lo conozco porque procedo de él y él me ha enviado». Pero «todavía no había llegado su hora», todavía no es la hora de la cruz.

2. También en el mundo de hoy, junto a muchas personas que creen y aceptan a Cristo, hay muchas otras que han optado por ignorarlo, o incluso por perseguir todo lo que suene a Iglesia o a Cristo. Y los seguidores de Jesús corremos igual suerte que el Maestro. Una sociedad que va perdiendo valores fundamentales, acusa el impacto del testimonio de los creyentes. Los verdaderos profetas son con frecuencia perseguidos. Los falsos, los que no se preocupan de transmitir lo que Dios dice, sino lo que gusta a la gente, ésos sí que prosperan.

Lo de perseguir al profeta le puede pasar al Papa, si lo que dice no gusta. A unos obispos o a unos misioneros, si su voz se levanta para denunciar injusticias o situaciones que afectan a intereses de poderosos. También nos puede pasar a cada uno de nosotros, si con nuestra vida damos un testimonio de valores diferentes, porque vivimos en sentido inverso de lo que es moda o de lo que dicen las estadísticas sociológicas. O sea, si damos testimonio del evangelio de Jesús, que no coincide con el del mundo.

Tal vez no llegaremos a ser perseguidos y amenazados de muerte, pero sí desacreditados o ridiculizados o simplemente ignorados. O puede ser que se aprovechen de nosotros, de los cristianos, de la Iglesia, de las manifestaciones públicas de la Iglesia, de las procesiones en las Cofradías, en esta Cofradía, para lucir la vara, para que la gente vea a los que en el fondo nos ridiculizan, para ser políticamente correctos. Hay quien ha dicho que las procesiones de Semana Santa son un “acto cívico-cultural”. Pues no. Una procesión es una manifestación de fe. Esta procesión de la Madrugada y de la maána del Viernes Santo es una manifestación de fe. Creemos en Cristo, creemos que este Cristo Nazareno ha cargado con la Cruz para darnos vida a todos. Aquí, en esta obra de arte, se representa el misterio más ignominioso y más profundo que haya ocurrido en la historia de los hombres: los hombres dimos muerte al mismo Dios, al que se entregó por nosotros, para que por su muerte tuviéramos vida. 

Pero no deberíamos asustarnos demasiado por los embates del “laicismo pseudo-progresista” o de los que utilizan la Iglesia o las Cofradías para colgarse medallas que no les corresponden. No deberíamos asustarnos porque a Jesús también le sucedió, Él fue signo de contradicción (el anciano Simeón se lo anunció a María y a José). Los cristianos, si somos luz y sal, podemos también resultar molestos en el ambiente en que nos movemos. Pero lo triste seria que no diéramos ninguna clase de testimonio, que fuéramos insípidos, incapaces de iluminar o interpelar a nadie. Nos podemos preguntar esta tarde si verdaderamente llevamos una vida distinta a los demás....si nuestro estilo de vida interpela o estamos inmersos y ocultos en el barullo de una sociedad que sólo buscas la imagen, el consumismo, el poder, el aparentar efímero

Nuestra opción por Cristo, queridos hermanos, debe movernos también a la aceptación de su cruz y de su testimonio radical, hasta el extremo.

3. Quisiera esta tarde que meditáramos sobre dos personajes de la Pasión, dos personajes que sí que saben reconocer en Jesús al justo sufriente del Libro de la Sabiduría, al Mesías enviado por el Padre. Son los sencillos quienes tienen acceso al Reino de los Cielos, sus secretos se les han revelado a los que tienen un corazón como el de Jesús. Son ellos, los que ahora quisiera que llenaran nuestra atención porque nos remiten directamente a este Nazareno que procesionamos por Jaén la madrugada del Viernes Santo. Son el Cirineo y la Verónica, Santa Marcela.

- Simón de Cirene volvía de su trabajo en el campo y se encontró con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados romanos cargaron al robusto campesino con la cruz. Simón hizo lo que debía hacer, seguro que en primera instancia con mucha repugnancia. Sucede una cosa, el evangelista Marcos menciona a sus hijos en su evangelio porque seguramente eran conocidos como cristianos y miembros de la comunidad de los que habían creído en Cristo muerto y resucitado. De este detalle de San marcos podemos decir que desde aquel encuentro involuntario de Jesús con Simón de Cirene brotó la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto al que iba a ser Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le llegó al corazón.

Hermanos, el Cirineo nos enseña que Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que todos nosotros compartamos su cruz. Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido, a quien está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación, podemos contribuir a la salvación del mundo y ayudamos a construir el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

- Verónica –Berenice, según la tradición griega, Santa Marcela para nosotros– encarna el anhelo de todos los hombres de la historia de la salvación de ver el rostro de Dios; el Salmo 26 dice: «Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (8-9). Marcela, Verónica, al limpiar el rostro del Cristo presta un servicio de bondad femenina. Lo que más destaco de ella es su valentía, no se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, no se deja inmovilizar por el miedo de los discípulos. Marcela es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor y de servicio que ha hecho imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también a todos los hombres en el dolor más profundo.

Hermanos, únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo. Le tenemos que pedir al Señor la sencillez que nos permiten ver su presencia en el mundo, a nuestro alrededor. Muchas veces no somos capaces de hacer grandes cosas, pero si caminamos en nuestra vida con humildad, al estilo de aquella mujer sencilla que no hizo más que ofrecer un lienzo a Jesús, entonces, lo mismo que el rostro de Dios se quedó grabado en aquel paño, su rostro quedará grabado en nuestro corazón para que de este modo podamos mostrar al mundo, a todos los que nos rodean, la imagen, el icono verdadero del Cristo que ‘me amó y se entregó por mí’. (cfr. J. Ratzinger, Viacrucis 2005 en el Coliseo).

 

NOVENA OCTAVO DIA

 

En los domingos anteriores hemos asistido a una progresiva catequesis sobre el misterio del Señor y nuestra condición de bautizados: Jesús es el Mesías probado como nosotros pero siempre fiel al proyecto del Reino (I domingo), es el Hijo a quien debemos escuchar y en quien se revela la gloria de Dios (II domingo), es el don de Dios que como agua viva puede saciar los anhelos más profundos del hombre (III domingo), es la luz del mundo que libera a los hombres de las tinieblas a través de la fe (IV domingo).

Este domingo la declaración solemne de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida” es la clave de lectura de toda la Palabra de Dios que hemos escuchado. Jesús, resucitando a Lázaro, muestra anticipadamente la fuerza de su propia resurrección y se manifiesta a todos como el Señor de la vida.

1.- La Primera lectura ha sido estos domingos una sucesión de momentos importantes de la Historia de la Salvación (el pecado de Adán y Eva; la promesa a Abraham; Moisés sacando agua de la fuente de Meribá; David ungido por Samuel), pues bien, hoy llegamos a los profetas: y Ezequiel nos adelanta unas palabras de ánimo y resurrección. La experiencia de debilidad, enfermedad y muerte también la puede tener una comunidad entera. En este caso es Israel, el pueblo elegido, que está experimentando en el Destierro de Babilonia una situación desoladora y pesimista. Y ahí, en ese momento desesperado, es cuando le alcanza el mensaje del profeta: el pueblo se rehará, revivirá. Así lo promete Dios, y Dios es fiel.

También nosotros podemos sentir parecida sensación de impotencia o de desánimo, al pensar en nuestra propia comunidad, o en la Iglesia, o en nuestra propia Cofradía o el mundo cofrade (porque se está hablando mucho de cierta crisis en estos tiempos en las Cofradías). Pues bien, también para nosotros resuena hoy el anuncio optimista: los planes de Dios son planes de vida para cada uno de nosotros, para nuestra comunidad, para la Iglesia, para el mundo cofrade también.

2. En la 2ª lectura, San Pablo nos habla del proyecto que Dios tiene para nosotros. No vivimos según la carne, o sea, según las solas fuerzas humanas y según criterios y mentalidad meramente mundanos. Sino que vivimos en el Espíritu, según los criterios de Dios. El mismo Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos, está dispuesto a resucitarnos también a nosotros. ¿No es ésa la idea de Dios para cada Pascua? Nosotros no celebramos un aniversario, sino que tenemos una experiencia, la experiencia de la comunicación del amor de Cristo que muere y resucita y que nos regala la nueva vida del Resucitado.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ofrece una hermosa oportunidad para la reflexión. Tenemos que mirar nuestro interior, nuestra vida. Y darnos cuenta de cuánta vida nos ha regalado Cristo, cuánta vida, la vida verdadera, y cómo muchas veces estamos lejos de vivir esa experiencia de vida renovada, de vida cristiana auténtica.

Y me parece que tenemos que mirar también al interior de nuestra Cofradía y darnos cuenta una vez más, que tiene que ser un auténtico cauce de vida cristiana, de espiritualidad, de formación de sus miembros, de actividades que nos acerquen a todos los que sufren para transparentar el amor de Cristo también a los hermanos que lloran.

3. En el Evangelio hemos escuchado el signo que realiza Jesús en Betania resucitando a su amigo Lázaro; es la revelación anticipada de su victoria pascual sobre la muerte. Hoy quisiera fijarme en la humanidad que nos muestra Jesús: nos conmueve escuchar cómo Jesús se conmueve ante la muerte del amigo querido y ante el dolor de las hermanas: Se nos dice que Jesús “sollozó” y que “lloró”. Mirad, los sentimientos de Jesús nos revelan su plena humanidad y también la reacción de Dios ante el sufrimiento y la muerte del hombre; “quien me ve a mí, ve al Padre” había dicho ya Jesús a sus discípulos: el Padre también reacciona así, con dolor, ante la muerte de quien es imagen suya.

Jesús lloró ante la muerte del amigo porque es plenamente hombre, nacido de las entrañas de María, Dios encarnado, Dios-hombre. Mirad, todo el arte cristiano es expresión de esta convicción de la fe: el Hijo de Dios se ha hecho hombre, se ha dejado ver, escuchar, tocar...., ha caminado con nosotros, ha reído con nosotros, ha llorado con nosotros, ha muerto como morimos nosotros. Es Dios y también es hombre, y por eso lo podemos representar. Por eso tenemos expresiones artísticas como este Nazareno de Jaén, llenas de belleza y de dramatismo. Y por eso este Cristo nos tiene que hacer mirar más allá, nos tiene que hacer ver cómo Dios lo ha dado todo por nosotros, cómo nos lo ha dado todo a nosotros, cómo es vida para nosotros.

4. La humanidad de Jesús se expresa de manera privilegiada en la Cruz, el asumió todo lo humano del hombre, incluso la muerte. Y muerte de Cruz. En la Novena de hoy rezamos a Jesús: “Aquí me tienes al pie de tu Cruz, ansioso de recoger las últimas palabras de tu testamento. Yo no quiero otra doctrina, ni alimentarme de otro manjar, ni beber de otras fuentes”. Según San Juan las dos últimas palabras de Jesús fueron “Está cumplido”; Jesús nos ha amado “hasta el extremo”: “ha ido realmente hasta el final, hasta el límite y más allá del límite. Él ha realizado la totalidad del amor, se ha dado a sí mismo” (Ratzinger, Jesús II, 260).

“Está cumplido”: Jesús culmina con estas dos palabras el diálogo constante que había mantenido con el Padre día y noche, durante toda su vida. La misión ha sido dura. Pero está cumplida. Ha sido duro revelar a Dios como quien sufre con el hombre el precio de sus culpas.

Con la entrega de Jesús “hasta el extremo, hermanos, los hombres hemos sido rescatados del absurdo, de la sinrazón del alejamiento de Dios. Queridos hermanos, el Hijo ha sido fiel a su misión. No se ha echado atrás. No ha sucumbido a la tentación de buscar caminos distintos de los que el Padre tenía preparados. El Hijo ha sido fiel, “obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Filp 2, 8).

El Hijo obediente: pensamos muchas veces que haciendo las cosas por nuestra cuenta encontramos la felicidad, Dios nos ha hecho libres, sí, pero ¡cuántas veces confudimos hoy con la libertad la “real gana”, eso sí: muy “razonada, razonable y reponsable”! Cristo, con su vida y con su muerte de cruz nos ha mostrado el sentido último de la vida humana: acoger en la propia persona el amor del Padre, como lo acogió Jesús, y hacer circular ese amor por el mundo, brindándolo a los hermanos.

 “Está cumplido”, ya están cumplidas las profecías, obedecida la voluntad del padre, realizado el plan de la Salvación. Falta el trance de morir. Pero sigue la resurrección, la vuelta al padre, el envío del Espíritu.

“Todo está cumplido”: Confiemos ilimitadamente en Dios, hermanos, asumamos todos nuestros compromisos, los bautismales, los sacerdotales, los religiosos, hasta el último latido de nuestro pulso. Que podamos decir con Jesús: “Todo está cumplido, mi misión en este mundo está cabalmente realizada”. Gracias Señor porque me has concedido tu gracia y tu fuerza para no hacer de mi vida algo a mi criterio, a mi arbitrio, sino conforme tu voluntad.

5. Final: Y “Yo no quiero otra doctrina, ni alimentarme de otro manjar, ni beber de otras fuentes” Celebremos la Eucaristía, alimentémonos de este manjar y bebamos de esta fuente con la confianza puesta en Dios nuestro Padre que nos sostiene por medio de su Hijo; aquí, en el altar, se va a renovar su sacrificio redentor, aquí se va a actualizar su muerte redentora y su resurrección gloriosa. Cristo mismo está realmente presente en medio de nosotros, démosle gracias por siempre.

 

NOVENA DIA NOVENO

 

Culminamos esta tarde nuestra Novena a Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores. Y la culminamos celebrando con toda la Iglesia el V Domingo de Cuaresma.

Quisiera que pusiéramos nuestra mirada y nuestro corazón esta tarde sobre todo en el Evangelio: hemos escuchado de nuevo hoy el relato de la resurrección de Lázaro; es el séptimo signo que Jesús realiza en el evangelio de Juan, es el último antes de su muerte en la cruz. En este signo del Señor también se muestra la gloria divina presente en Jesús de Nazaret, es decir, el poder salvador que Dios despliega en favor de los hombres a través de la obra del Hijo. En definitiva, el signo que realiza Jesús en Betania es una revelación anticipada de su victoria pascual sobre la muerte.

Cuando Jesús llega a Betania Lázaro ya ha muerto. Y dialoga con Marta para revelarnos el misterio del Hijo que, del mismo modo que el Padre, “resucita a los muertos y les da la vida”. Jesús le anuncia a Marta: “tu hermano resucitará” (Jn 11,23). Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). Con esta frase Jesús le anuncia a Marta dos cosas fundamentales. En primer lugar le revela que Él es la resurrección y obra la resurrección, porque es la vida; en segundo lugar, le manifiesta que el don de la resurrección es una realidad actual, ya presente en la historia y no sólo algo que pertenece al futuro (sucede lo mismo que cuando Dios se reveló a Moisés en aquella zarza ardiendo y le dijo aquellas palabras misteriosas: “Yo soy el que soy”, es decir, yo soy y yo actúo salvando, liberando a tu pueblo de la esclavitud de Egipto). Para quienes creen en Jesús, la resurrección es una fuerza y una realidad que actúa desde ese momento (y Jesús lo muestra resucitando a Lázaro), aunque no manifestará toda su plenitud y su fuerza sino hasta el momento de la resurrección final (cuando resucitemos todos). Jesús quiere mostrar que quien ya ha alcanzado la vida eterna por medio de la fe y la palabra de Jesús, en efecto, no morirá para siempre.

Y Marta, como auténtica creyente, responde con una triple confesión de fe: “Yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir a este mundo”. Es la manifestación de la fe cristiana en su más alto grado de madurez. Madurez en la fe, formación en la fe, experiencia de fe. La confesión de fe de Marta tiene que ser para nosotros estímulo en nuestra vida espiritual muchas veces mediocre y apagada. Estamos llegados a la madurez en la fe, a la profundización en nuestra fe cristiana.

2. El Papa nos ha dicho en su Mensaje para esta Cuaresma que “Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.”

“Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”. Hermanos, nuestro Dios no es un Dios lejano que ha creado el mundo y lo ha dejado abandonado a su antojo. No: Dios ha sido solidario con el hombre por amor. Cristo no nos ha dado explicaciones complicadas sobre el porqué de la muerte, ni nos ha ofrecido soluciones intelectuales a los enigmas que la muerte del hombre, de quienes amamos, presenta a nuestra inteligencia. Jesús en el evangelio dijo muy poco sobre la muerte. Pero ha hecho mucho. Durante su vida combatió la muerte no sólo curando enfermos y resucitando muertos, sino que Él mismo quiso morir, como muere todo hombre, como morimos todos y su muerte, y muerte de Cruz, fue la mejor lección que nos podía presentar para afrontar también nosotros esta dura e ineludible realidad. Creemos en un Dios que por amor se ha hecho solidario del hombre, con todas las consecuencias, hasta compartir la misma muerte.

Esta actitud de Cristo hace a nuestro Dios profunda e íntimamente fraterno; en El descubrimos nuestra realidad más profunda de hombres: nuestra debilidad y nuestros temores, nuestro miedo y nuestra angustia. Porque la verdad más profunda del hombre no es su fortaleza, sino su debilidad; no es su impasibilidad, sino su temor y su angustia, y todas las limitaciones inherentes a nuestra condición humana.

Ante la muerte de Cristo, que nos sitúa en nuestra realidad y en nuestra verdad, no cabe otra actitud que el silencio y la gratitud. Silencio, porque nunca llegaremos a comprender o a poder expresar el insondable misterio de amor y de humillación que representó para Cristo el acto de morir. Si morir es trágico y humillante para nosotros, ¿cómo debió serlo para el que era la Vida misma? Por esto, la palabra más expresiva de Cristo es paradójicamente su silencio en la cruz: la suprema expresión del Amor ofrecido a la humanidad.

Y con el silencio, la gratitud, porque a partir de la muerte de Cristo nuestra muerte adquiere un sentido nuevo, insospechado. La muerte ya no es la muerte. La muerte es el paso a la vida. Cristo murió para matar la misma muerte, de manera que la muerte es ya -en El y en nosotros- el primer paso hacia la resurrección. Cristo resucitado, primicia de la humanidad nueva, representa el triunfo total de la vida sobre la muerte.

3. Culminamos nuestra Novena a Nuestro Padre Jesús Nazareno y a su Madre Santísima de los Dolores. Han sido días de oración, de escucha de la Palabra de Dios, de meditación de los misterios de la Pasión del Señor y de los Dolores de la Madre. Han sido días de celebración y adoración de la Eucaristía. Han sido días en los que hemos ido creciendo en el amor a esta imagen amada que representa a quien más nos ha amado.

La Noche del Viernes Santo nuestra imágenes saldrán de nuevo de este Camarín para testimoniar nuestra fe en Cristo muerto y resucitado; oración, incienso, súplicas, cera, música, alabanzas, acciones de gracias, promesas, luz… todo se derramará por nuestras calles jaeneras, desde Los Cantones hasta el Barrio de San Ildefonso, para encontrarnos con este Cristo que camina hacia el Gólgota. Y le suplicaremos como le suplicamos y le cantamos hoy: “Pues del humano furor fuiste Jesús abatido, quien te venera afligido, sienta siempre tu favor”. Que verdaderamente nos encontremos con Él: nos cambiará la vida. Y seremos testigos gozosos de su paso por nuestras vidas, seremos testigos elocuentes con nuestra palabra y nuestras obras de que Él es la Resurrección y la Vida

4. Tenemos acceso a Dios por el sacrifico de Cristo en la Cruz y porque ha resucitado de entre los muertos; podemos encontrarnos con Él porque ha resucitado. “Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no tiene sentido y vuestra fe lo mismo” (1Co 15, 14). Tenemos la certeza de que Él está vivo y todos vivimos con la seguridad y la experiencia de que, como nos decía San Pablo en la Segunda Lectura, tenemos el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos. Y es por el Espíritu que habita en nosotros por lo que estamos aquí, por lo que existe este amor a Jesús, por lo que damos testimonio de Él.

Y tenemos acceso a Dios en la Eucaristía que vamos a celebrar; por ella vivimos del mismo Cristo que se nos regala como Pan de vida; que el Pan de los Ángeles nos lleve a servir a Dios sobre todo en los hermanos que sufren; que esta Eucaristía que vamos a gustar, que después vamos a adorar sea siempre para nosotros el único alimento de nuestra vida desde el que experimentamos y vivimos la fidelidad de Dios manifestada en Jesucristo, que se queda con nosotros para siempre, en nuestra historia personal, en nuestra vida. Que así sea.