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Tu rostro lánguido y lívido es un retrato dolorido, y alguien grita abatido ¡Allí va el señor de los judíos!
Negras nubes en el horizonte asoman, un viento frío tus cabellos azotan. Lejos quedaron aquellos felices días, en donde todo el mundo te llamaba Mesías.
El centurión látigo en mano arroja sobre tu espalda odio y rencor. Carcajadas escupen el público reunido, sólo Marcela con su paño blanquecino te da consuelo y te sientes agradecido.
Lúgubre se ve el camino al calvario, monte cruel testigo de agravios. Pronto ganará la madera y el clavo. Asi lo impuso el pueblo a Pilatos el romano.
Túnica rasgada de púrpura ensangrentada, sólo Juan tu pupilo querido, a la calle asoma, y tú ni siquiera ves con las espinas de corona.
Caes al suelo empedrado y alguien que está a tu lado es obligado a levantar la cruz. ¡Cuánto pesa este madero ! ¡Cuánto pecado en este día funesto !
Me miras y eres tú quien me das fuerzas, no puedo entender en un "hombre" tanta entereza.
Pesados y lentos son tus pasos, llegado a tu destino te quitan los harapos.
Pasados los siglos, esculpirán una talla. En tierras de Jaén, todos venerarán tu duelo, donde con tanto clamor lanzan un ¡VIVA EL ABUELO! Escucha el latido de nuestro corazón, que te suplica con amor, pues tu rostro fatigado y tu hombro desgastado renace de nuevo cada Viernes Santo.
Antonio Ara
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