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Ricardo Cobo López Vice-Hermano Mayor de nuestra Hermandad
“EL DERECHO A VIVIR”: REFLEXIONES DE UN COFRADEEl pequeño, comenzaba a vivir en su ingrávido mundo de silencios, desconocía si el tiempo que llevaba amarrado al vientre húmedo de su madre, era suficiente para poder salvar la sinrazón del que no encontró obstáculos en su origen, pero adivinaba siempre los beneficios de vida que le procuraba aquel cordón -que enfrentado vientre a vientre- le unía inequívocamente al mundo aún por descubrir. Mientras en la hipocresía de fuera se dictaba su sentencia, él se limitaba a jugar en un mundo de giros y sensaciones nuevas, que sin saberlo, probablemente serían el principio último de su presentida corta existencia. Se acomodaba -cada día- junto a la madre, en un paralelismo de sueños que le hacían dormitar, junto a ella, sin saber si era día o noche. Crecía a impulsos de esa sangre que tiznaba su primera piel de un color cárdeno que anunciaba la eclosión de la vida. Sentía cada ruido, cada golpe, cada gesto transmitido por el eco amoroso de la madre. Y sin esperarlo, rondando su tercera semana, sintió una sacudida pétrea que abrió su diminuto corazón abrazando la sangre -ya suya- y dominándola en un primer latido vital, augurio de una existencia de palpitaciones acompasadas, en un intento de romper el silencio macabro, de aquellos que se erigen en jueces de la vida. Cada golpe de corazón de su madre era un eco en el suyo propio, comenzaba a desperezarse a impulsos de una vida que lentamente avanzaba y le hacía más lejano de la decisión de muerte. Aún así, seguía siendo un ser indeterminado para aquellos que promovían la idea de que uno es según cuando. Nunca podría explicar lo que sólo él sabía, y esa extraña sensación de malestar se ahogaba en la propia amargura de su joven madre, una chica transitando por el enredado mundo de la pubertad, cobrando de forma persistente, información de una falsa libertad amparada en acciones, a veces siniestras y con un perverso interés de poder. Ese cordón que tanta vida le procuraba, era ahora un corredor de incertidumbre, que la joven madre debía resolver sin más ayuda que la inexperiencia, el temor y la duda. Absorta en sus ideas adolescentes vagaba una y otra vez entre el silencio de su desesperación y la ausencia del consejo que alumbrara un rayo de luz a la angustia prematura. Días atrás se había librado una batalla leve -casi de perfil-, que siempre concluía con la victoria sencilla de la liberación de aquel ser no deseado, que sólo procuraba dolor, pesadumbre, vergüenza y rechazo. Sin embargo ahora, el pálpito acompasado de sus adentros y el manotazo cómplice de sus entrañas, le hicieron soñar en un rumbo que dejaba atrás el hedor fúnebre, atisbando la claridad eterna de la vida. Y ahí seguía él, ajeno a las maldades de un mundo para el que fue concebido, dichoso entre las oleadas del agua vital de su madre, empujando a los sentidos a iniciar su marcha, descubriendo su cuerpo con un juego de enredos y muecas imposibles y… tocando, siempre tocando a la madre. Y los de fuera… ¡ay los de fuera!, ¡qué tristeza dejar en el olvido nuestro discurrir por el campo fértil del vientre materno!, ¡qué injusto no valorar la vida como valoraron la nuestra!, ¡qué castigo tan excesivo para el que nada ha cometido!, para ese ser finito e indefinido cuyos méritos para merecer la vida, duermen en lo efímero del tiempo. Si yo pudiera adelantar los días para que me miréis, si fuera posible agarrar las horas que me libraran de este momento macabro de duda. Si supiérais que yo también siento, que mis manos son las vuestras, que mi corazón late al tiempo –como el tuyo-. Pero no puedo, y esto convierte este juicio en una farsa injusta y de escaso juicio, porque no me oís, no queréis que os diga… porqué yo ¡sí quiero vivir! Y mientras tanto, ella trata de desembarazarse de esas agónicas ideas que la matan, busca encontrar la claridad que no encuentra en la soledad de su pensamiento, aún es joven para saber lo que la vida enseña con los años. Busca consejo y consuelo en la desesperación del ánimo vencido, pero sólo encuentra el valor inseguro del joven que aquella noche le descubrió la pasión de los sentidos. Y los de fuera… ¡ay los de fuera!, amparamos nuestras ideas prostituidas en una falsa condescendencia de libertad; atamos las decisiones en pos de un indecente progreso que no mira el precio que hay que pagar, nos aventuramos en ciénagas, si el hedor de lo podrido procura dominio; y lo peor, lo hacemos en nombre de una sociedad que mira hacia otro lado, de una sociedad a veces indigna y alienada en las ideas siniestras de quienes velan por el bienestar y la vida de todos…. y digo de todos. -------------------------------------------------------------------------------
Estimado D. José, Sr. Presidente de la Agrupación de Cofradías y Hermandades, querido Joaquín, amigos todos. Muchos de los que compartís hoy este tiempo conmigo, conocéis de mis limitaciones –que son muchas-, no sólo en el dominio de la letra, en la armonía de las palabras o en la oratoria decidida, pero igualmente sabéis que soy claro en mis ideas y obstinado en su defensa, atropellado en los argumentos y seguro en sus conclusiones. No pretendo hoy el reconocimiento, el éxito ni la felicitación, sino transmitir las ideas torpes de un cofrade que por mor de su ocupación habla de ciencia y que en su condición de persona habla de amor y vida desatendiendo al odio y la muerte. Quiero contaros mis reflexiones, haceros partícipes de ellas, no ahondar en la ciencia sino compartir mi desasosiego con vosotros y hacerlo público desde este salón y con voz alta, para que no haya duda alguna de quien soy ante la elección entre la vida y la muerte. Por ello, no podía dejar pasar el inmerecido ofrecimiento que mi buen amigo Joaquín, me hacía en nombre de esta Agrupación para hablarles hoy, en este acto de presentación de una nueva edición de la publicación Jaén Cofrade. Lejos del oportunismo –del que no soy garante- decidí compartir con todos ustedes estas reflexiones del DERECHO A VIVIR, y lo hago en la obligación de romper el silencio cómplice de los que estamos llamados a defender la vida por amor. Decía Tagore que “LA VIDA SE NOS DA Y LA MERECEMOS DÁNDOLA”, pareciendo querer anticiparse el poeta hindú a lo que un siglo más tarde de su muerte, viviría una sociedad corrompida por las excelencias obscenas del poder. Y matizaba: “CADA NIÑO, AL NACER, NOS TRAE EL MENSAJE DE QUE DIOS NO HA PERDIDO AUN LA ESPERANZA EN LOS HOMBRES”. Este pensamiento, despierta en mí la confianza de que, tal vez, algún día, el hombre retome el camino de la protección a la vida sin dudas ni matices, sin alternativas, la vida por encima de cualquier otra razón, la vida por encima de todo, la vida, siempre la vida. Dejadme que hoy me despoje de mi bata blanca para hablaros desde el negro de mi túnica nazarena, permitidme que comparta mis angustias con vosotros, no desde la frialdad de la técnica y sí desde el calor de la dignidad. No creáis los argumentos manidos de la indefinición científica del ser concebido, es falso, os lo garantizo, no caigáis en la tentación de creer en ideas que atentan, no sólo contra la misma ciencia, sino que minusvaloran la propia razón del crédulo. La ciencia sí define al ser concebido como humano y lo hace desde la lógica empírica que concreta a la propia ciencia, porque, ¿realmente pensáis que de la unión de un óvulo humano y un espermatozoide humano, puede concebirse un ser vivo distinto del humano?, ¿acaso es posible en ciencia, que el fruto de la concepción de dos águilas imperiales, sea un lince? ¿O que resulte de la unión de dos ciervos, un gato? No es posible, no, científicamente cada ser vivo viene clasificado por familias y especies y lo hace desde la aplastante lógica de conocer su origen, y lo más importante, lo define desde el mismo momento de la concepción. Pero voy más lejos, ¿acaso hay alguien que, sin llegar a concebir, piense que de la unión de una mujer y un hombre puede nacer algo diferente a un ser humano?, ¿debemos esperar matices de ciencia para saber que de la unión de dos perros, nace un perro? ¿no pensáis como yo, que con sus argumentos perversos, atentan contra la propia razón humana y hieren nuestro legado más preciado, que es la dignidad? En estas reflexiones ando y me surge otra duda, ¿es progresista la idea de solucionar problemas sociales con la eliminación de la existencia del que supuestamente es el problema?, ¿realmente concede libertad a la mujer la muerte del ser que lleva dentro? Es posible, que ella viva en el repudio de una situación no deseada y que la sociedad –garante de las libertades y derechos de todos- arbitre medios para dar la libertad a la mujer, de no aceptar el fruto de la concepción no querida. Pero acaso ¿es exigible la muerte del no nacido para garantizar este derecho? y… ¿Quién vela por los derechos del que es concebido para vivir? ¿no pensáis, como yo, que una vez más la sociedad vuelve la vista atrás en un pretendido arrojo de libertades, de un entusiasmo de progreso que se apoya en la ruptura de la protección a la vida y hace añicos el primeros de los derechos, el de vivir? Yo comparto la idea de que “CUANDO UNA VIDA SE PUEDE SALVAR, DEJAR MORIR, ES MATAR” y sé que la sociedad es capaz de tutelar la vida como también sé que es capaz de amparar la muerte. Yo quiero que la mujer y el hombre sean libres, capaces de tomar decisiones desde su individualidad y como elementos de una sociedad, caminen siempre en pos del bien general en lugar de garantizarse el interés personal, esta y no otra es la grandeza de vivir en comunidad y para eso siempre el hombre la ha buscado. Pues es esta misma sociedad la que tiene a su disposición todas las herramientas para garantizar no sólo la libertad y el derecho a decidir libremente a todos y cada uno de sus miembros, sino a defender la vida de todos y cada uno de ellos, pero entiéndase bien, de todos desde el momento en que son concebidos. Y ahora os pregunto… yo que he sido concebido para vivir y que mi formación siempre fue encaminada a velar por la salud y la vida, yo que he dado vida a mis hijos y sueño con ver a los míos darla. Yo que en tiempos ya pretéritos sentí el leve tacto de un feto en mis manos de estudiante, que compartí momentos de lágrimas con ese ser humano ya muerto, ¿pensáis de verdad que puedo iniciar el camino inverso? ¿se me puede exigir, en cumplimiento de una macabra Ley, que pulverice la vida y con ella mi razón de ser? Y no me olvido de ella, de su sufrimiento, de su angustia, de su pesar, de su dolor, en muchos casos de su inocencia presentida y siempre de su desasosiego en la duda. Y nosotros ¿Qué hacemos?, ¿acaso alguien ha pretendido su ayuda?, ciertamente ¿hemos hecho todo lo que se puede hacer para protegerla? No hemos hecho nada. ¿acaso hemos invertido riqueza y tiempo en procurarle, paz, tranquilidad, seguridad y amor? O tal vez cerramos los ojos y decimos ¡decide tú!, ¡sé libre!. Y digo, ¿se puede tomar libremente una decisión razonada desde la angustia y el temor?, ¿no es más sensato abrirle el corazón a quien tiene quebrada el alma, que hacerla única partícipe de su dolor?. Hipócrita es el comportamiento, como sucios y desvalidos los argumentos, para abandonar a una joven madre en el pretexto pérfido de otorgarle libertad, cuando subyace una pretensión ruin de poder. Y absortos, asistimos a diario a noticias de quienes legislan, en relación a un sentir contrario en lo personal, pero en un “valiente arrojo de progreso” exponen sus razonamientos para admitir que es bueno matar por el bienestar de los vivos, la única y mejor solución para mantener el orden social, el paradigma de las libertades, el abrazo comunitario a la mujer. Pero a mí no, Señor (dirán muchos de ellos), aparta de mí este cáliz, que beban otros de él, yo quiero ayudar a mi hija, estar junto a ella, abrazarla, llorar o reír con ella, darle mi experiencia en su decisión, resolver sus dudas inexpertas, velar por su bienestar, abrirle mi alma para decirle que no sufra, que aquí está la sociedad para abrazarla a ella y al hijo que encarna, a quienes seguro, sabrá procurarles lo mejor. Soporto diariamente el lamento razonable de la sinrazón de las guerras, matanza de inocentes –dicen- como si acabar con la vida del no nacido fuera matar culpables. Nadie gana en las contiendas –mantienen- y acaso ¿alguien gana con la muerte del que en su corta existencia no ha tenido siquiera la oportunidad que otros hemos tenido? Me asombro al comprobar que se aprueba el salvoconducto de la muerte, sin más bagaje que unas cuantas conversaciones trasnochadas, intentando dar sentido a lo que en esencia no lo tiene, autorizando, porque la Ley lo previene, dictar sentencia de muerte con la única garantía del orden jurisdiccional personal y además, en los tiempos inexpertos de la adolescencia. Resulta contradictorio apelar a la libertad de la madre cuando siquiera se plantea el bienestar de ella, sino todo lo contrario, deja en sus manos la dureza de una decisión que en la mayoría de las ocasiones conlleva la muerte de la criatura que lleva dentro. Cuesta pensar, además, –al menos a mi me ocurre- que con esta actitud somos más tolerantes y sobre todo, aclara que la sociedad en lugar de caminar en pos del progreso, soluciona problemas de la misma manera en que se hacía cuando estos actos escribieron la fase más negra de nuestra historia. Dejadme que abuse de vuestro tiempo un poco más, para contaros una experiencia personal que pocos saben. Andaba yo envalentonado en mis primeros años de formación médica, cuando asistía gustoso a nuestras primeras prácticas de anatomía, que curiosamente se llamaba humana. Eran nuestros primeros pasos en este apasionante oficio, porque nos permitía embutirnos en nuestras batas blancas, soñando ya con actuaciones heroicas que concluían siempre con la salvaguarda de la vida de nuestro paciente imaginario. Mi viejo catedrático, don José María, nos tenía reservada ese día una sorpresa que más tarde comprobaríamos, se convertiría en prueba irrefutable para los jóvenes aprendices de médico –entre los que me encontraba- y tamiz que dejó atrás a compañeros, que ya quedaron lejos en este ejercicio de la memoria. Al llegar a la sala de disección, encontramos –como siempre- los cadáveres que nos servían para familiarizarnos con cada rincón del cuerpo que en un futuro deberíamos conocer sin dudas. Cada grupo teníamos una mesa asignada, que a manera de sarcófago servía al finado de camilla y féretro. Pero ese día, había algo más que no formaba parte del paisaje diario, al fondo de la habitación yacía inmóvil sobre otra de las mesas, un pequeño cuerpo desnudo de color arcilla, que como si hubiese sido moldeado por manos expertas, parecía una diminuta persona. La curiosidad nos empujó a todos hacia esa mesa, olvidando por un instante nuestra tarea con los cadáveres, a los que incluso les teníamos puesto nombre. Al tocar ese cuerpo inerte, advertí un frío más intenso de lo acostumbrado, aún no sé si por la impresión del momento o por el dolor inmenso que sentí al ver una perfecta persona diminuta, muerta después de vivir sólo veinte semanas en el interior de su mundo, que no fue otro que el vientre de su madre. Pero, ¡qué puñeta! era un hombre y no podía mostrar debilidad ante mis compañeros, ¡qué podían pensar! Así es que decidí que mostraría mi dolor en la soledad de mi habitación, donde podría ahogar mi angustia sin más testigo que el recuerdo entrañable de aquel pequeño ser. Pero… ese cuerpo frío en mis manos, sus ojos, sus brazos, sus piernas. Aún recuerdo, como si fuera ayer, la expresión mortal de su cara, su minúscula nariz chata y el vestigio de ese cordón, que nunca completó su misión de vida. Lo puse de nuevo en su cuna eterna y volví hacia mi mesa donde sentí ahora calor, esta vez en mi cara, porque resbaló por ella una lágrima. Miré a mis compañeros buscando una explicación a tanto dolor sentido en mis adentros, mezclé el olor diario del formol con la escena dolorosa de la muerte precipitada y lejos de hallar tranquilidad, encontré inquietud. Durante ese día –contrariamente a lo que hacíamos de forma acostumbrada- no hicimos ningún comentario del momento compartido y desde entonces, siempre regalé una mirada compasiva a la mesa donde aquel día, dejé una lágrima en recuerdo de ese ser que me hizo valorar la vida desde su muerte. No sé si hago bien en abrir este cofre de vivencias personales que decidimos no compartir con nadie, pero pienso que este es el momento idóneo para que sepáis, porqué yo sí sé que la persona es persona desde su concepción, para que comprendáis porqué no puedo tolerar que se frivolice con la vida en argumentos de tiempo cuando he cogido en mis propias manos a la vida…. Porqué no soporto que se mate, si apenas fui capaz de entender la muerte prematura. Aquel día, lloré por la muerte desvalida de una persona -que como yo- había sido llamada a transitar por esta vida, pero que los infortunios de la muerte, habían hecho presa en él antes siquiera de haber podido mirar a los ojos de su madre. Desde entonces, me he entregado a procurar la vida en mi tarea diaria y me he obstinado a defenderla siempre que pudiera peligrar, por eso hoy lo hago desde este atril y lo comparto con todos ustedes, porque ahora sí, peligra el don de la vida y lo hace a manos de aquel a quien nadie sentenció la suya. Esta experiencia me hizo entender la levedad del ser humano ante la grandeza de la vida, comprendí la crueldad de la muerte y me regaló argumentos para decidir que siempre que esté en nuestras manos salvarla, debemos esforzarnos en el intento de conseguirlo. Nuestra joven madre sentía ahora dolor, los gestos cómplices de su hijo le producían bienestar en una historia de desazón primigenia, que aseguraba la pérdida precipitada del ser encarnado contra su propio deseo. Notaba latir su interior en golpes semejantes a sus propios latidos y despertaba cada noche con la patada tierna de sus adentros. Perdida en la confusión, ahogaba su pesar en lágrimas de duda y en desvelos atormentados. Caminaba errante entre la inmadurez y la prudencia que le regalaba la vida dentro de su vida, compartía momentos de llanto con la soledad como única compañera y anhelaba el consejo amoroso de sus padres, de los que semanas atrás, había huido en busca de su decisión única. Ahora compartía con ellos su inseguridad, no necesitaba sugerencias de otras jóvenes cuyo haber en la vida, eran dieciséis azarosos años que culminaban en la vorágine adolescente. De forma calmada –como ella haría en un futuro- oyó atenta los consejos de sus padres y se entregó al cuidado de quienes un día decidieron regalarle su existencia. El pequeño mientras tanto seguía ajeno en su mundo de vueltas y sueños. Crecía a impulsos de la madre que lo alejaba día a día de una existencia breve, ganándole tiempo a la muerte. Precipitado en sus gestos, tomaba cada minuto un trozo más de su corazón y se unía a ella en contracciones de vida que iban tachando motivos de olvido y rechazo. En la templanza de la noche, sintió la joven madre el aviso del pequeño que se apresuraba en busca de la vida, se abría paso a empujones deseoso de conocer el mundo de fuera, aquel que miró hacia otro lado cuando su pequeño cuerpo tomaba formas, esas que ahora le servían para agarrarse fuerte a su existencia. Reconocía los gritos de su madre y como, de forma acompasada, cada dolor de ella era un impulso para dejar atrás su hermético mundo de silencios. Notó una sensación nueva y extraña cuando violentamente unas manos lo arrojaban hacia la luz que siempre intuyó en el interior de su oscuro mundo materno. En un arrojo de fortaleza, gritó y lloró anunciando a su joven madre, el agradecimiento eterno a su esfuerzos, a su decisión, a sus cuidados y a su amor incomparable. Ahora…. Tan sólo quedaba abrir los ojos y mirar de frente a quien le había regalado la vida. |



